Aceh, Azawad, Biafra, Bougainville...

Me hiela la sangre la sola idea de que de ahora en adelante 'Cataluña' sea la siguiente entrada en el listado alfabético de países que nunca lo fueron

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Aceh es una provincia indonesia situada en el extremo más septentrional de Sumatra, que desde comienzos de los noventa promovió una rebelión contra Jakarta culminada en 1999 con un plebiscito sobre la independencia cuyos resultados el gobierno indonesio nunca reconoció. Tras ampliar levemente su autonomía y permitir la aplicación de la sharía de forma más generosa, la declaración del estado de emergencia y el tsunami de 2004 pusieron fin a la independencia del territorio.

Azawad es una inmensa y desolada porción del desierto del Sáhara bajo soberanía de Malí cuya «irrevocable independencia» declaró el 6 de abril de 2012 el llamado Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad, después de que una rebelión tuareg expulsara al ejército maliense del territorio. Tras el fracaso de la alianza con otro grupo similar para establecer la sharía, el territorio se reintegró a Malí en febrero de 2013.

Biafra, situada entre el delta del Níger y la frontera con Camerún, ensayó entre 1967 y 1970 un intento de secesión respecto de Nigeria, que desembocó en una sangrienta guerra civil que terminó con la victoria del ejército nigeriano. Lo que no ha sido óbice para que desde el exilio y la diáspora grupos de biafreños sigan a día de hoy sosteniendo las demandas de independencia del territorio.

Bougainville es una región autónoma de Papúa Nueva Guinea que en 1975 de declaró independiente constituyéndose como la República de las Salomón del Norte. Al no lograr ningún reconocimiento internacional, optó por suscribir un acuerdo con Papúa Nueva Guinea en agosto de 1976, lo que no le libró de vivir entre 1988 y 1998 una guerra civil que reclamó más de 15.000 vidas.

Con esos precedentes, me hiela la sangre la sola idea de que la siguiente entrada en el listado alfabético de Estados ignotos, de países que nunca lo fueron, de experimentos que acabaron explotándoles en las manos a los científicos chiflados que los ensayaron y en la cara al público que les contemplaba extasiado vaya a ser Cataluña. Se me dirá -y es una objeción que me reconforta- que lo de Cataluña lleva camino de terminar más en una comedia que en una tragedia, como sin duda fueron todos y cada uno de los casos que he citado. Pero aun así, resulta frustrante comprobar que un pueblo rico, culto y abierto, dotado de un sistema envidiable de derechos, libertades y autogobierno, con un potencial económico y una capacidad de influencia política tan envidiable en su entorno próximo y lejano, haya sucumbido como tantos otros pueblos sin futuro atados a tierras olvidadas de la mano de Dios a los cantos de sirena de unos fanáticos que pensaron que para entrar en la historia bastaba con dar un grito desde un balcón. Y que hecho esto, el mundo entero se apresuraría a tenderles una alfombra roja que iría desde sus destartaladas oficinas al mismísimo hemiciclo de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y no.

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