SE ACABÓ LO DE «MADRID»

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Los dirigentes políticos no terminan de comprender que si hay un valor que los ciudadanos aprecian es el de la coherencia, la continuidad entre las declaraciones y las acciones, o entre lo que se hacía cuando se estaba en la oposición y lo que se hace cuando se ocupa el Gobierno. Si algo se le reprochó a la pareja Iglesias-Montero cuando estalló el escándalo del chalé de lujo en la sierra fue precisamente eso, la falta de coherencia, la ruptura evidente entre el discurso de «la casta», los privilegios y los millonarios que viven en urbanizaciones apartados de «la gente» con la compra con hipoteca a la carta de un casoplón con piscina y casita de invitados. Todo el mundo, de derechas o de izquierdas, tiene derecho a prosperar, a mejorar su ritmo de vida, a adquirir la casa de sus sueños, pero si ese tipo de residencias eran objeto de las invectivas del líder podemista es incongruente que acabe viviendo en una de ellas aunque se la pueda pagar. A los partidos les ocurre algo parecido, una clamorosa falta de coherencia entre su papel como oposición y su intervención en el poder. El tripartito, tanto autonómico como local, se ha cansado estos tres años de apuntar hacia el Gobiern o central para desviar la atención sobre los evidentes problemas de gestión en la Generalitat y en el Ayuntamiento de Valencia. La culpa, repetían machaconamente, la tiene «Madrid», ese ente difuso, supuestamente castellanizante (pero... ¿todavía existe Castilla? ¡Si no queda prácticamente nadie!), recentralizador, conservador y malvado, que desoye permanentemente las peticiones valencianas, nos discrimina, nos maltrata, nos ningunea. El recurso va a ir desapareciendo poco a poco del argumentario tras el cambio en la Moncloa y la valencianización del Ejecutivo de Sánchez, con cuatro ministros nacidos en Valencia y uno de ellos, José Luis Ábalos, al frente del Ministerio de Fomento, el encargado de las obras públicas. «Madrid» va a dejar de ser el salvavidas al que agarrarse en los momentos difíciles y, por el contrario, va a pasar a ser el comodín del PP, que a partir de ahora se va a cansar de preguntar qué pasa con la financiación autonómica, con el déficit de inversiones en infraestructuras, con el corredor mediterráneo, con el tren de la costa, con el ferrocarril Sagunto-Teruel-Zaragoza, con la ampliación de la V-21 y de la V-30... Y en medio de este previsible intercambio de papeles, los ciudadanos asistirán una vez más entre incrédulos y hastiados al triste espectáculo de la banalización de la política, de la utilización de los asuntos de interés público como armas arrojadizas dirigidas única y exclusivamente a procurar réditos electorales. Porque han convertido a los partidos en principio y fin de todas las cosas, no en un instrumento útil para hacer política.

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