SE ACABA

JOSÉ MARTÍ

Esto se acaba. Es la sensación en la hoy pesimista familia granota. Se enfila el último tramo definitivo de la temporada y el Levante sigue en caída libre y sin frenos.

Se acaba el colchón de puntos.

Se acaba poder escapar del pelotón de los torpes de la tabla entre quienes se decide el descenso.

Se acaba en Segunda.

Se acaban las excusas escondiéndose en los errores arbitrales.

Se acaban las evasivas exculpatorias ante la ausencia de Roger o de nuevos fichajes.

Se acaba la confianza en una plantilla indolente y sin carácter.

Se acaba seguir esperando una reacción que nunca termina de llegar.

Se acaba pensar que tenemos buenos futbolistas cuando los hechos demuestran lo contrario.

Se acaba la paciencia de la grada que ni recuerda la última vez que vio ganar a su equipo en casa, allá por verano.

También se va a acabar depender de otros para no ocupar puestos de descenso.

Se acaba la confianza en un equipo que, parafraseando a Mao Tse-Tung, va de derrota en derrota hasta el descenso final.

Se acaba, en definitiva, el crédito para un entrenador incapaz de lograr una reacción.

Después del lamentable espectáculo de Anoeta no se puede seguir mirando hacia otro lado y dejar de señalar a los jugadores. Pero en el fútbol la única solución a estas alturas es destituir el entrenador ante la imposibilidad de despedir al resto. Tras doce jornadas sin ganar, la carga de la culpa recae en los hombros de Muñiz, principal responsable de que el equipo juegue desordenado, sin alma ni sentido. No hay otra opción, aunque la secretaría técnica sea copartícipe de los errores. Pero todas las miradas se dirigen al banquillo. El Consejo de administración sabe de la urgente necesidad de un incentivo. Es el momento de dejar de posponer una decisión dolorosa pero necesaria antes de que la profundidad del agujero sea mayor. Mejor pronto que tarde. Entendemos las reticencias a tomar esta trascendental medida por su elevado coste y el temor a repetir lo ocurrido tras la destitución de Lucas Alcaraz. No ocupar puestos de descenso todavía, no debería ser eximente para no cesar a Muñiz como máximo responsable de dirigir un equipo sin pulso. La semana que viene se disputan tres jornadas: Betis, Alavés y Español. Dos en casa. Estos nueve puntos en solo siete días no se pueden afrontar con un entrenador desesperado, incapaz de insuflar aliento a unos jugadores descreídos. No se debería alargar más la agonía una vez perdida la confianza en la capacidad del técnico para salvar al equipo. Y la desconfianza genera intrigas, y las intrigas dividen y debilitan. La paciencia se ha terminado. Es necesario un revulsivo. O no.

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