Abuelos

PABLO ROVIRADELEGADO DEL PERIÓDICO MAGISTERIO EN LA COMUNITAT

Mientras los padres amamos, el papel de los abuelos es el reamor, el doble amor que proyectan a dos generaciones: aman a sus hijos y aman a sus nietos. Cuando los niños quieren ser astronautas y los padres los quieren abogados, o médicos, nuestros abuelos los quieren niños; cuando los padres los queremos mejores, ellos no pretenden mejorarlos sino disfrutarlos. Confían en su trabajo ya hecho con nosotros que no hay mayor halago para unos progenitores desnortados.

El papel educativo de los abuelos, que tanto lo reducimos al del cuidado, lo vemos a la puerta de cada colegio, o presente en los paseos de nuestras playas, o en sus parques, pues somos una generación autopercibida como preparada y autosuficiente y, en cambio, tan dependiente. Abuelos y escuelas hacen posible nuestro mercado laboral. Decía la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, allá por 2014, que los abuelos españoles dedican una media de seis horas en cuidar de sus nietos, una cifra para envidiar y apreciar por parte de los padres, que en estos tiempos tan ocupados ni de lejos llegan a esas horas en su día a día, por lo que al menos en cuantitativo, no sé si la traducción familiar de alumnos es más bien nietos que hijos. Aunque a ellos no se les pregunte sobre las leyes. Así que todos coinciden en ese papel educativo de los abuelos, en su importancia e impacto y no son pocos los pontificados y los artículos que lo desmenuzan, orientan y analizan, en esta paternidad que ahora se pretende aprender estudiándola. Y los padres reclamamos ese cuidado reservándonos la educación, y nacen los desacuerdos, y les damos lecciones sobre lo que tienen que hacer o no hacer cuando no estamos. Desconfiamos en nuestra necesidad de ayuda, ya digo, tan desnortados. Que sabemos, hemos estudiado, de meriendas con hidratos de carbono, de consolas como recompensas y de acuclillarnos para decirles «respeta», porque creemos en el poder educativo de las palabras; y los abuelos simplemente se sirven primero el plato o agarran el mando a distancia, y no amontonan palabras cuando hay ejemplo que educa. Al final es el único secreto: queremos docentes profesionales, aspiramos a ser padres profesionales y nos enrabietamos por esas virtudes amateurs con la que los abuelos les alimentan de cuchara. Quizás es que ellos no aspiran, sino están; no crían astronautas, ni abogados, ni médicos, y viven como los niños su presente.

Los padres nos empeñamos en añadir lo educativo a todo, buscamos los juguetes educativos, las actividades que sean educativas y los restaurantes que los entretengan con manualidades. Las cosas no requieren de calificativos para educar, porque educamos con cualquier cosa si nos empeñamos. Qué digo, sin empeñarnos, pues como los cimientos los valores no se ven pero soportan el edificio. Esa es la herencia que transmiten los abuelos al agarrarles de la mano para cruzar la calle. Nosotros se ve que somos más de una 'app' para aprender sumas que del dominó.

Más bien creo que no es una desconfianza hacia ellos, sino hacia las propias posibilidades en esta generación zarandeada por crisis y promesas incumplidas, y quizás asustada por el futuro incierto de sus hijos, acostumbrada a que a las únicas certezas se accede con la Visa. Es lógica la autoconfianza de los abuelos a la hora de educar porque es un camino que ya han hollado, y si ahí están para los nietos es porque allá estuvieron para sus hijos. Disfrutan de sus nietos porque no dudan de sus hijos, lo que ya les supone una certeza.

Los abuelos crían, ayudan, educan, pero me da que ante todo disfrutan de los nietos, de ese tiempo común, sin desmerecer los esfuerzos que les exigimos. Y en una sociedad en la que el consejo de ancianos ya no prepondera, incluso en una política en el que los partidos de la crisis piden cuentas a la estructura construida por los partidos de la transición, entra en la lógica que los padres duden de los modos de los abuelos hacia los niños, ese educar sin sillas homologadas y de fruta sin pelar. Los necesitamos pero queremos necesitarlos con suficiencia, que nosotros lo hemos leído en libros y desdeñamos, en esta comparativa, nuestro rol de novatos.

Quizás no sea nada de lo anterior y es que cuando hablamos de los abuelos hablamos de nosotros como hijos. Y como hijos, seguimos necesitando que nos eduquen cada día como nosotros procuramos hacerlo. Ay, qué triste es el día que dejan de hacerlo.

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