El abanico rojo

Su presencia no será motivada por las altas temperaturas sino por la necesidad de visibilizar una diferencia que ya no es aceptable

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

El abanico se convertirá hoy en pancarta. La que exigirá igualdad laboral entre hombre y mujer en la Gala del cine español. No está mal en unos premios que llevan el nombre de Goya. Pocos objetos hay tan goyescos y tan cargados de sentido como el abanico. Es un código de comunicación, un complemento femenino que no entiende de edades y que se pone al servicio del hombre cuando lo necesita. Él no lleva abanico. Los únicos que se atrevieron fueron los Loco Mía y no ha habido muchos después de ellos que hayan decidido hacerlo suyo. En cambio las mujeres lo llevamos con naturalidad, sobre todo a partir de determinada edad, y aliviamos los calores extremos del caballero cuando lo vemos resoplar y aflojarse la corbata por el calor.

Así, su presencia esta noche no será motivada por las altas temperaturas sino por la necesidad de visibilizar una diferencia que ya no es aceptable, si alguna vez lo fue, en el siglo XXI. Si ellas también dirigen, producen y escriben, ¿por qué recordamos más a directores y guionistas (ellos) y a maquilladoras o figurinistas (ellas)? Ojalá éste sea el último y el único año de los abanicos rojos. El abanico va a ser lo que el vestido negro a los Globos de Oro: un reclamo, un aviso, un punto final. Un 'Time's up'. Se acabó.

Quizás esta noche en la Gala de los Goya haya menos política que en las últimas ocasiones. Siempre y cuando no consideremos 'política' la lucha por reivindicar que el mundo, también el profesional, está compuesto de hombres y mujeres. Es una obviedad tan sencilla que parece una boutade. Sin embargo, cuando analizamos la realidad, nada resulta obvio. Ni siquiera, que una mujer puede hacer la misma tarea que un hombre y que, por tanto, debe cobrar lo mismo que él.

Lo vimos no hace mucho en una entrevista a Mariano Rajoy cuando se le preguntaba por esa brecha salarial. «No nos metamos en eso», dijo. Entiendo que lo evitaba por la propuesta con la que ayer mismo salió el PSOE de sancionar a las empresas que paguen de forma distinta a un hombre y a una mujer en el mismo puesto. Sin embargo, es una diferencia que atenta contra lo más básico. Es cierto que el gobierno no pone los sueldos salvo el de los funcionarios. Pero la realidad es tozuda: cuando hombres y mujeres se presentan al mismo puesto a través de una oposición, no hay diferencias. Así, tenemos magníficas juezas, registradoras, neurólogas o cirujanas. ¿Hemos de pensar que en otras profesiones no están preparadas o se dedican menos a su trabajo? ¿Hemos de dar por válida la típica excusa de empresarios y directivos machistas cuando dicen «no encuentro mujeres preparadas»? No es cierto. Lo que falla es el prejuicio de quien escoge en función del sexo, por eso cuando se presentan a una prueba objetiva, las mujeres la superan tanto o más que sus compañeros hombres. Y si están igualmente preparadas y hacen su trabajo con la misma calidad, ¿cómo aceptar cobrar menos?

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