Ábalos

La convulsa coyuntura interna del PSOE le permitió jugar a la lotería. Y le tocó el gordo

CÉSAR GAVELA

José Luis Ábalos es un profesional de la política desde tiempos remotos, al que uno recuerda, vagamente, como jovencísimo jefe de gabinete del delegado de gobierno Burriel. Ábalos optó, como tantos, por vivir de la cosa pública, y llevaba más de treinta años en ese empeño, combinando sus modestos oropeles orgánicos con las imprescindibles tareas de pastoreo de sus valedores.

Iban pasando las décadas y Ábalos estaba siempre ahí. Muy pronto sexagenario, acariciaba sus planes de seguir siendo diputado hasta la jubilación. Además, se supone que se sentía orgulloso de sus esfuerzos en pro de la socialdemocracia, y no menos de sus cargos de cartón piedra dentro del PSPV. Toda una vida en los arrabales del poder, antes de irse a casa para dedicarse a sus aficiones. No era un mal diseño.

Pero héte aquí que la reciente y muy convulsa coyuntura interna del PSOE le permitió jugar a la lotería. Y héte allá que, tan inesperadamente, le tocó el gordo. Apostó por Pedro Sánchez, el doctor NO de la política española, tan querido por los militantes más excitados del partido -que son mayoría, algo impensable de sus votantes- y ganó el envite. Pasando de ser un parlamentario de relleno, de escaso protagonismo en el hemiciclo, a nada menos que el número 2 de Pedro Sánchez. Y suscriptor, teóricamente entusiasta, del insufrible discurso de su jefe. Que antes era el 'No es no' y que ahora consiste en poner en marcha otra moción de censura para desalojar a Mariano Rajoy de la Moncloa. Legítima pretensión, sin duda, y, además, bien avalada por la actitud 'trumpiana' del jefe de gobierno ante la estructural corrupción política de su partido.

Ahora bien, el problema de Ábalos y de su jefe Sánchez es que para que esa moción saliese adelante habría que violentar a la aritmética. Y eso un profesor de primaria, como Abalos, sabe que es imposible. Porque dos más dos nunca suman cinco. Ni aunque lo sostenga Pablo Iglesias. Porque ni siquiera con el imprescindible apoyo de los ex (¿ex?) proetarras de Bildu y con el de los locos chicos secesionistas de ERC salen las cuentas. Por todo ello, convendría que José Luis Ábalos y su jefe se dedicaran a algo más productivo y sensato: proponer mejoras a las leyes que se tramitan en el congreso, defender nítidamente la Constitución, etc. Y no insistir tanto en algo que no puede ser. Y que, además, es imposible. Por mucho que se aburra Pablo Iglesias en el hemiciclo, pensar en elecciones antes del año 2020 parece poco realista. Mientras tanto, y al estar Sánchez en la intemperie parlamentaria, Ábalos triunfa y se radicaliza. Aunque se nota mucho que él no es un extremista, lo que le honra. Pero esas son las órdenes de Sánchez y hay que cumplirlas. Incluso la defensa de ese disparate pseudoboliviano de la plurinacionalidad.

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