2018

ANTONIO PAPELL

El año arranca políticamente con el ánimo encogido. Cataluña saliendo de la terapia de choque del artículo 155, pero hay pocos indicios de que la enfermedad de fondo haya remitido. La intentona golpista ha fracasado, pero nada indica que quienes se relajaron tanto en el cumplimiento de la ley vayan a acatarla escrupulosamente a partir de ahora, como cabría esperar en democracia. Los datos electorales del 21-D nos confirman la estabilidad de las cifras: en virtud de una legislación electoral que prima los votos de la Cataluña rural en detrimento de la Cataluña urbana, el independentismo no tiene mayoría en votos pero sí en escaños. Lo cierto es que Cataluña es la única preocupación política de este nuevo año, con una cierta bonanza económica que al menos mitiga la angustia a que nos aboca la incertidumbre. No hay presupuestos, porque en medio del terremoto no había modo de conseguir consenso suficiente, y el sistema muestra cada vez más sus grietas, cada vez más abiertas. Tampoco ha habido manera de negociar el nuevo sistema de financiación autonómica, aunque todos sabemos que sus disfunciones insostenibles no son ajenas al desentendimiento catalán, y, por descontado, ha sido asimismo imposible avanzar en la reforma del sistema de pensiones, que ya no es sostenible, ha consumido el gran fondo de reserva que se llegó a acumular y, ante la indiferencia general, ha comenzado a ir reduciendo año tras año el poder adquisitivo de sus beneficiarios.

En este contexto de incertidumbre, el régimen de partidos se ha vuelto claramente inestable. El PP ha entrado en una profunda crisis, de la que no parece ser del todo consciente pero que ha tomado encarnadura en las elecciones catalanas, mientras Ciudadanos se afirma en el centro-derecha, una realidad incontestable aunque sea también cierto que su éxito en Cataluña ha estado relacionado con la fuerte polarizacion. El PSOE remonta lentamente el vuelo, todavía con problemas de identidad, y sin que se haya beneficiado de la situación catalana (más bien al contrario), y Podemos y los Comunes decaen hacia nichos poco relevantes de la izquierda antisistema, como se podía prever fácilmente en un país adulto como este: el populismo encuentra campo abonado en épocas de graves crisis en que hay mucha gente desesperada que no tiene nada que perder, pero regresa a sus proporciones modestas cuando el sistema reacciona y recupera el porte y la envergadura.

En estas circunstancias parecería lógico ir a elecciones generales para que un parlamento y un gobierno renovados acometieran la reforma constitucional pendiente, pero la cuestión catalana lo impide. El iluminado Puigdemont se siente investido de la mesiánica gracia divina y los partidos y ciudadanos catalanes siguen asidos a la fabulación del idílico país inventado.

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