Las Provincias

La posverdad de Obregón

Ana Obregón es como el sorbete de limón en una comida copiosa: no es un plato fuerte del menú pero ayuda a digerirlo. En medio de un mes horribilis de corrupción para el PP; con los luchadores de sumo del PSOE en capilla y con el Niño de las Coletas postulándose como alternativa al Chico de las Prisas, Anita hace un posado en 'Playboy' como si tuviera cuarenta años menos y fuera a quitarle el puesto a Kendall Jenner. Es el sorbete: refrescante, irrelevante, pero capaz de desengrasar y rebajar la tensión. Bendita bióloga y milagro biológico el suyo. Algunas con la mitad de sus 62 están más cerca del pergamino y la piel tipo jersey desbocado que ella y su cuerpo serrano. Eso es un 'cyborg' y no lo de Blade Runner.

Y no es que me parezca mal, ojo. Que con su ficción cada cual hace lo que quiere. Aquí, una servidora, sin ir más lejos, va de gafapasta por la vida y luego escucha a Camela entre Las Variaciones Goldberg y la Séptima de Beethoven. Sin complejos, que hay tiempo para todo.

Lo de Ana Obregón sí es posverdad y no lo del oxigenado de la Casa Blanca. En definitiva si estamos en esa era de la posrealidad, ¿quién ha dicho que el concepto solo se refiera a la verdad política? El photoshop y sus imitadores son los precursores de la posverdad, solo que entonces no le llamábamos así porque es una verdad -el aspecto de los famosos- que nos entretiene pero no nos quita el sueño. La de Trump, la de Ignacio González o la de Nicolás Maduro ya son otro cantar.

Ahora bien, una cosa es que la señora Obregón se reconstruya a su gusto y su bolsillo y otra, que la encumbramos y miremos como modelo de virtud social. Nos hartamos de lanzar mensajes antianorexia y antibulimia; de pedir que la publicidad y la moda eviten las modelos de tallas incompatibles con la salud y de perseguir las webs pro-ana y pro-mía que dan terror con sus «tips» aniquiladores. Sin embargo, no vemos cómo la mentalidad que tortura a miles de chicas y también chicos en nuestro país comienza con esas exaltaciones del físico en portadas y horas de televisión. Lo vemos con Obregón pero también con tantos musculitos con los que, de pronto, nos sorprende una revista masculina y un personaje que hasta anteayer era un fofisano de manual. Lo que no nos cuentan es lo que pagan a algunos de estos personajes por ponerse cachas para lucir y marcar tendencia. No podemos permitirnos tanta bipolaridad social. No es que una mujer no pueda retocarse como quiera para sentirse bien ni que una mujer adulta quiera verse joven y lo consiga. El problema es si con eso se minusvalora la edad (unos 60 bien llevados dan mil vueltas a la bisoñez de los veinte) o, como sucede con la posverdad, lo importante es disfrazar la realidad y, lo que es peor, el procedimiento de ocultación. La verdad no es cuestión de grados. O es cierto o es falso. O muestra lo que es o aparenta lo que no es.

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