Las Provincias

La caída del corrupto

Es sorprendente cómo hemos llegado a tan alto límite de corrupción en la vida social y política de España. Ladrones han existido siempre y en todos los lugares, pero aquí nos encontramos con una variante especial: los corruptos. En efecto, no estamos ante el 'chorizo' al uso barriobajero, sino ante el Estado Mayor de la mentira, el robo y la injusticia. Unos son premio extraordinario de fin de carrera, otros abogado del Estado y, en fin, más de uno tiene el master en Economía por la Universidad de Harvard, etcétera.

Seguramente podrían ser objeto de un estudio psicológico que nos pudiera explicar su comportamiento desde tal perspectiva. Pero al margen de cuáles sean sus filias y sus fobias, lo que está claro es que en todos ellos se da un común denominador: pertenecen a los altos estamentos del poder social, económico y político. Son ladrones de guante blanco repartidos por todo el país, sobre todo en Andalucía, Madrid, Valencia y Cataluña. Y no cabe duda de que habrán existido en todos los tiempos, pero en una proporción mínima en comparación con lo de ahora. Me llama la atención, por ejemplo, que no aparezca reflejada la corrupción en las novelas de Galdós que tan bien describe las clases de la época, nobleza, funcionarios, políticos, etcétera.

¿Por qué una persona situada en lo más alto de su carrera profesional lo arriesga todo por culpa del dinero? Ha catado la riqueza y el poder y por algún cruce de cables en su cabeza ya no pone límites a la ambición. Por contrapartida se queda vacío de humanidad y en su interior sólo quedan los harapos de su alma colgados en la soberbia de su yo. Estas personas solo viven del barbarismo de atacar las arcas públicas: tiene delito que, estando tan bien situados en la vida, ahora, además de arruinar al prójimo, se arruinen a sí mismos porque su final será siempre la cárcel. Tiene delito que caigan desde tan alto arruinando moralmente a su familia, al partido político al que pertenecen y a la sociedad española que llega a dudar de la clase política en general cuando, verdaderamente, se trata solo de personajes aislados. Su soberbia constituye un atentado contra la humildad del ser humano más normal.

Y ¿qué les dirán a sus hijos cuando vayan camino de la cárcel? Piensa el ladrón que todos son de su misma condición y, por consiguiente, seguro que pensarán frases como: «Así es el mundo y así funcionan las cosas y yo lo he hecho por vuestro bien». Pero una vez en la soledad de la cárcel será cuando les lleguen desde lo más profundo de su corazón bocanadas de desdén para sí mismos. Es entonces cuando se darán cuenta de que el triunfo social que habían alcanzado es el que les ha envenenado su interior soñando con alcanzar todo el dinero posible. En fin, como decía Goethe, «un ser que ha despreciado así su propia realidad no puede verdaderamente estimar nada ni haber en él nada de verdad».

No quisiera terminar sin sacar alguna conclusión que ayude a explicar mejor el fenómeno de la corrupción que nos ocupa. Está claro que el dinero es uno de los factores principales que actúan en el equilibrio del edificio colectivo, pero no debe ser nunca un poder primario y sustantivo. En efecto, la sociedad se ha construido sobre otros pilares como la solidaridad, la religión, la política, las ideas... y, además, también el dinero. Pero puede ocurrir que la sociedad entre en una fase de crisis en que los valores y prestigios recientes vayan perdiendo vigencia: si la religión y la moral no dominan ya el corazón del hombre, y la cultura intelectual y artística es apenas valorada, entonces el dinero pasa a ocupar un inmerecido primer plano en el desiderátum social. Y esto es lo que nos ha pasado en España en estos años de tanta corrupción. Este ha sido, entre otros, el caldo de cultivo que ha propiciado que algunas personas se hayan envenenado vendiendo su alma por treinta sacos de a millón el saco.

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