Las Provincias

BONIG, GANAR O PERDER

Isabel Bonig se juega su primer pulso serio desde que es presidenta del PP valenciano. Es verdad que hasta ahora Génova ha tenido pocos o ningún gesto de complicidad con la lideresa valenciana. Y también lo es que los casi dos años que lleva al frente de ese partido han sido los más complicados de los últimos veinticinco, tras el desmoronamiento electoral de 2015, el cataclismo judicial que sigue arrastrando y la pérdida de empatía con una mayoría de los ciudadanos. Hablamos del PPCV, un partido que un día se acostó de Agramunt y al otro se levantó de Zaplana. Que después se hizo de Camps y que incluso llegó a ensalzar a Fabra. Bonig ahora se la está jugando a una refundación encubierta. No se le cambia el nombre al PP, no hay novedades en el anagrama, pero se pretende imprimir un sello que rompa con esa imagen de partido poco participativo, que toma las decisiones por el ordeno y mando y que se limita a repetir las consignas que le envían desde la calle Génova. Quizá hayan oído hablar del nuevo y del viejo PP. No lo duden: la dirección valenciana está mucho más cerca del primero que del segundo. Y sintoniza más con la necesidad de construir un partido abierto a la participación, que tenga en cuenta que la primera necesidad es recuperar la credibilidad ante los electores, que con el PP tradicional, escorado a la derecha, acomodado en el plasma e impermeable al sentir de la mayoría de los ciudadanos. Bonig no quiere ganar el congreso provincial de Valencia por un capricho. Ni por fastidiar a Vicente Betoret. Ni por depender menos del todopoderoso PP alicantino. La presidenta de los populares de la Comunitat quiere que las tres cúpulas provinciales sintonicen con su forma de entender la nueva dirección que quiere imprimir al partido, y que incluye más autonomía frente a Madrid. Ese interés es justo el que no comparte la dirección nacional. La presidenta valenciana ha emprendido un camino de ruptura con el pasado del propio partido, de dejar cerrado ese cajón de zombis que permanecía en el olvido desde la etapa de Zaplana. Y lo primero no son las siglas o el charrán, ni cerrar filas ante la supuesta 'agresión' del resto de partidos. Tiene que ser volver a transmitir confianza. Primero, dentro de la organización. Después, de puertas afuera. Para lograrlo, hay que jugársela con una dirección nacional que prefiere seguir disponiendo del mando a distancia para controlar la partida. De manera que el problema para Bonig no es que Rajoy se olvidara del PPCV al nombrar ministros y altos cargos o al elegir a la dirección del grupo parlamentario, ni que los presupuestos hayan vuelto a dibujar un ridículo panorama inversor en la Comunitat. El drama es que se juega su credibilidad como líder del partido en la Comunitat. O la mantiene o la pierde.

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