Las Provincias

AMNESIA HISTÓRICA

Mantuvieron Josep Pla y Joan Fuster una de aquellas amistades de antaño basadas, sobre todo, en la correspondencia y la distancia. Y en el respeto. Regresaba Pla hacia su terruño ampurdanés cuando se dejó caer por Sueca para charlar unos ratos con Fuster. Pasearon por los arrozales mientras se llamaban de «usted.» Amigos, sí, pero el tratamiento no lo apeaban. No recuerdo si Azorín y Baroja también empleaban el «usted» en aquellas caminatas suyas por los alrededores de Madrid, pero no me extrañaría. Frente a la chabacanería actual, aquella cortesía me resulta entrañable y apropiada.

Con el lío del cambio de nombres en el callejero, acaban de ventilar la militancia falangista de Fuster. Ignoro si fue falangista camisa vieja o nueva, pero, según me cuentan los mayores, cuando terminó la carnicería de nuestra guerra civil millones de jóvenes se apuntaron a la Falange por mero folclore, por lucir escudo de yugo y flechas, porque era lo que se llevaba y porque la moda consistía en surfear sobre la ola del patriotismo nacionalcatólico. ¿Eran verdaderos falangistas imbuidos por el espíritu joseantoniano? No, probadamente no, pero en aquellos tiempos tocaba apuntarse a ese falso falangismo fagocitado por Franco del mismo modo en el que ahora el personal se lo monta de «runner» con camiseta fosforescente. Claro que, en cuanto murió Franco, hecho extrañísimo, aquí parece ser que nunca existieron ni falangistas ni franquistas. Algo extrañísimo, en efecto. Ya vimos en la magnífica «Uno, dos, tres», de Billy Wilder, que en la Alemania de la posguerra se descubrió que tampoco hubo nazis durante la contienda. «¿Usted qué hizo durante la guerra?», le pregunta James Cagney a su subalterno alemán. «¿Yo? No me enteré de nada, trabajaba en el metro ahí abajo y no me enteré de nada...» La amnesia histórica es así.

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