Las Provincias

Sobre lo de las calles

Como callejólogo necesitaría más espacio, o una sección fija en el periódico. El problema de los listados es el agravio. Los aciertos luminosos, Félix del Río, los errores clamorosos, o las desatenciones. Explicaba Ronald Barthes en 'El imperio de los signos', que las calles de Tokio no tienen nombre. Con una dirección puramente catastral, la ausencia de direcciones se suple figurando la dirección por un esquema de orientación dibujado o impreso. La gente se orienta por el paseo, la vista, la costumbre y la experiencia. Uno no se hipoteca por el nombre de la calle, y está claro que no se pueden imponer gustos. A mí me hubiera gustado vivir en la calle de los fundadores del Valencia CF, o en la calle que se acomodara a mis gustos literarios. Sería extraordinario vivir en la calle Dostoyevski, o en el Bulevar Voltaire, o en una humilde calle que reconociera la memoria de un personaje del barrio, Ebanista Lloret, o Dependiente Cardona. Los listados sin baremo excitan la comparación. Puestos a fusilados, sin comerlo ni beberlo, medio callejero de Benimaclet, los Hermanos Villalonga o Emilio Baró fueron fusilados igualmente. O el pobre Josep Maria Esteve Victòria. No entiendo qué pecado cometieron los dirigentes republicanos del PURA, Angel Puig Puig, Pascual Martínez Sala, Juan Calot, y tantos otros, sin auxilio que valga a la rebelión, fusilados en 1936, y que ni ahora ni entonces tienen memoria que les valga. El inexplicable olvido de la memoria de Carceller, el editor y tantas otras cosas más de 'La Traca'. La opinable presencia de Simone de Beauvoir. Yo hubiera preferido a la escritora Colette, o incluso en este año Blasco Ibáñez, una calle dedicada a Emile Zola, como ya la tuvo en 1902, rememorando aquella preciosa anécdota del modesto obrero de Valencia ofreciendo su casa al novelista. Que el sangriento represor del liberalismo valenciano, el General Elío, mantenga calle, es incomprensible. No voy a defender al poeta Marquina, de escasos méritos, pero que Jacinto Benavente, terrible autor teatral, luzca una de las calles más bonitas de Valencia, y no Vicente Aleixandre o Luis Cernuda o Francisco Brines también anuncia querellas literarias futuras. Que alguien me explique por qué no se ha aprovechado para ponerle calle a José Robles Pazos, el traductor de John dos Passos, asesinado en Valencia en 1937. Lo peor sin duda son esos nombres de calles de la poesía o la literatura, que suenan a parque de pueblo, a PAI bajo sospecha en Seseña, que habilitan que acabemos rotulando la calle de la economía sostenible o la plaza del equilibrio presupuestario. A partir de ahora yo lo haré a la francesa. Diré que vivo en el 20, por el código postal, y en la avenida paralela al camino de Vera. Justo enfrente de un mirador que no sirve para nada. Como los nombres de las calles. Las estatuas, al menos, sirven para que se caguen las palomas.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate