Las Provincias

Justos por pecadores

El estupendo artículo que escribió ayer Isabel Domingo en este periódico se resumía muy bien en su destacado: 'María Amparo Alcántara Ríos, hija del matrimonio Alcántara-Ríos, rememora la noche en que unos anarquistas se llevaron a sus padres, fusilados junto a la cruz de término de Godella. Ambos perderán su calle en Valencia'. Me asombra que este matrimonio 'pierdan la calle' que les recordaba, sobre todo si, como precisa el artículo, 'el informe de la Universitat de València encargado por el Ayuntamiento para retirar las placas de las calles sólo señala que eran «posiblemente simpatizantes de la Derecha Regional Valenciana»'.

Gran pecado este, sin duda, que en aquellos años de furia y plomo te podían costar la vida. Es posible que haya gente merecedora más de llevar su nombre en una calle, no lo sé, pero en este contexto de retirar nombres de calles supuestamente 'indignas' por ensalzar el franquismo lo realizado en este caso es un absurdo. Primero, porque los fallecidos recordados fueron personas excelentes (como se acredita en el artículo), que resultaron asesinadas por el otro bando, lo que da como resultado la mala impresión de que unos asesinados son mejores que otros. Segundo, porque se pierde la oportunidad de mostrar por parte del Consistorio que en este cambio de denominaciones de nuestras calles había un espacio para la concordia frente a la visión maniquea de la guerra, y no hace falta desvestir un santo para vestir a otro.

Yo sé que todo esto es muy subjetivo, siempre lo es cuando entramos en el resbaladizo tema de los merecimientos y los valores. Es evidente que hay muchas calles que se rotularon sin el debido crédito para ello, y no me refiero ahora necesariamente a la posible relación del homenajeado con la guerra o el bando franquista, sino a las influencias, favores y presiones que con frecuencia han estado detrás de tales decisiones. En todo caso, en democracia es claro que el partido ganador tiene el derecho de favorecer su visión subjetiva y sus valores, lo que no obsta para que los ciudadanos demos nuestra opinión y hagamos de la crítica un factor de corrección del muy frecuente apego excesivo a la idea de que los valores de uno (el que manda) son los buenos, y los del otro son los malos.

Y esto último es, por desgracia, la sensación que me deja la lectura de este artículo. ¿Qué hubiera sucedido si hubiera permanecido el nombre de la calle ahora cambiado? Se habría dado una lección de bonhomía, se hubiera transmitido la idea de que dos buenos ciudadanos asesinados por un bando pueden coexistir con la de otros asesinados por el otro bando. Por el contrario, al formar parte del paquete de los 'nombres indignos de una calle', este matrimonio pasa a formar parte de una especie de mancha que hay que borrar, cuando en realidad es el proceso de cambio de calles el que se emborrona.

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