Las Provincias

Comunidades compasivas

Compasión' es una palabra demonizada en España. Como lo es 'caridad'. Se empeñan algunos en darles contenido religioso y complejo de superioridad. Ser caritativo o ser compasivo se contemplan como actitudes de condescendencia hacia los demás a quienes se mira por encima del hombro. Nada más lejos de la realidad. Y de la semántica.

'Caridad' es 'solidaridad hacia el sufrimiento ajeno' y 'compadecer' es padecer con alguien, sufrir por el dolor ajeno. Ambas implican la capacidad de abrazar a quien sufre, ponerse en su lugar e intentar reducir ese pesar. La distorsión de esos dos términos nos lleva a erradicar el componente compasivo en la vida social y mucho más en el debate político. Rechazan algunos a las entidades caritativas por menosprecio de su actividad como si aún viviéramos entre las rancias señoronas que retratara Mingote en sus viñetas del siglo pasado. Lo mismo sucede con la compasión, entendida como una pena hueca y falsa. Eso subyace también en el debate sobre la vejez, la enfermedad y la muerte que, por cierto, procuramos eliminar de la esfera de los vivos, como si no fuera a llegar nunca si no la nombramos.

La alergia por la 'caridad' hace que se sustituya en el lenguaje colectivo por la 'solidaridad' y la 'compasión', por la 'empatía'. Pero es solo un juego retórico de eufemismos tolerables.

Es lo que sucede con el debate sobre la enfermedad crónica avanzada en España. Como se da por hecho que la Iglesia tiene interés en meter la cuchara en el diálogo, se marcan dos posiciones contrapuestas y a una de ellas se la etiqueta de procatólica para dejarla fuera de juego. Es la que defiende más la vida que la muerte. Cuando las voces contrarias a la eutanasia plantean que debemos lograr una vida digna y no sustituirla por una muerte digna no están refiriéndose a olvidar el sufrimiento sobrevenido en el momento del adiós. Al contrario, están exigiendo no consentir como sociedad que alguien pida la muerte solo por no haber sido capaces de proporcionarle una vida digna de ser vivida, aun con dificultades y dolor, por no acompañarle, por no hacerle ver que hay alternativa a la muerte.

Por eso llama la atención que una voz nada sospechosa de religiosidad como un congreso médico con 3.000 profesionales reunidos en Madrid estén ofreciendo datos de un estudio según el cual cuanto más desarrollados están los cuidados paliativos en un país, menos demanda de eutanasia y suicidio asistido existe. Quizás el debate debiera empezar por ahí y dejarnos de demagogia que en nada ayuda a quien sufre y a sus familias. Es un comportamiento opuesto al de otros países como Australia donde surgieron hace años lo que llaman 'comunidades compasivas', esto es, una sensibilización y formación de toda la comunidad para acompañar al vecino, al amigo, al familiar o al conocido. Se centran, dice los médicos, en ayudar a vivir esos días, meses o años. Ése es el debate urgente.

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