Las Provincias

LA AGENDA DE RIBÓ

Después de estar desaparecido en combate varias semanas, el alcalde Ribó reapareció acudiendo a actos en los que él se siente cómodo, bien porque asume y respalda la reivindicación de que se trate o bien porque sabe que va a estar rodeado por 'su gente', por los que piensan igual, por los que presume que le pueden votar. En Ribó no hay dobleces, eso hay que reconocérselo, es un político que procede del comunismo y no consta que lo haya abandonado, a pesar de su carácter totalitario y opresivo. Así que aplica la doctrina comunista y llega a la conclusión de que entre los católicos no tiene nada que hacer, que ese no es un caladero en el que pueda pescar votos, que mejor huir. Y ni siquiera trata de esconderlo, de ocultarse, de poner excusas. El domingo pasado, a la misma hora en que se celebraba el Traslado de la Virgen, él se subía a su bicicleta para participar en una marcha ciclista. ¿Chulería? ¿Provocación? ¿Desplante? Puede ser, o tal vez no. A lo mejor es el resultado de una evaluación de riesgos en el que establece que mejor evitar el acto religioso, donde igual le pitan. En todo caso, su análisis es bastante simplista, falto del mínimo conocimiento del medio exigible a quien ocupa un cargo de tanta responsabilidad. Porque el Traslado, como la Ofrenda, no es sólo un acto religioso, sino una celebración popular, algo folclórica, donde encontrará católicos practicantes y otros que se dicen creyentes pero que no pisan una iglesia en todo el año. Y donde igual hay votantes del PP, que del PSOE o de Compromís. Tampoco la Semana Santa marinera es un territorio exclusivo del partido de Rajoy, como no lo es la de Sevilla, o la de Málaga. Lo que ocurre es que el alcalde siente aversión hacia estos actos religiosos, mientras que está en su salsa en la inauguración de 'Refugiarte' o en el homenaje a Margarida Borràs, un «referente del movimiento transexual». El problema, no hará falta que se lo diga, es que cuando tomó posisión del cargo dijo aquello de que iba a ser «el alcalde de todos», aunque a la hora de la verdad no sea así, sea sólo de los suyos. Por eso es imposible que entienda el profundo malestar que causa entre gran parte de la población sobre la que gobierna retirando del callejero a valencianos que fueron asesinados por sus ideas, algunos simplemente por ir a misa, porque eran católicos. O por ser falangistas, sin haber participado en ningún acto violento. En su imaginario no caben esos matices. Una vez más tira del manual del perfecto comunista y lo reduce todo a una división entre buenos (los republicanos) y malos (los otros, todos los demás). Los muertos de este otro bando no es que sean, para el alcalde de Valencia, muertos de segunda, es que ni siquiera merecen su consideración. No están en la agenda de Ribó. Como el Traslado.

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