Las Provincias

Urbanitas en la sierra de Teruel

Sábado por la mañana en un pueblo de la Sierra de Gúdar, provincia de Teruel. Ya es primavera pero hace fresco; la geografía manda. Un grupo de ganaderos de pueblos serranos de alrededor acuden a su cita semanal para almorzar en buena armonía, como suelen hacer cada semana, para intercambiar de paso informaciones sobre la situación de los pastos, precios de mercado, normativas oficiales, cuestiones de burocracia diversa... contactos entre profesionales que a la vez son amigos y que así enriquecen sus conocimientos.

De pronto entra en el bar una señora. Pasa el fin de semana en un camping cercano y llega preguntando por el dueño de unos perros que están fuera, atados a uno de los coches todo-terreno que han aparcado los ganaderos. La mujer está alarmada porque considera que los chuchos lo están pasando mal y requiere del dueño que acuda enseguida a atenderlos.

El dueño, un joven pastor, reconoce: «Sí, son míos, un perro y una perra, los he dejado atados a la carrocería del 'pick up', como siempre, y no pasa nada, ni van a sufrir por nada ni a molestar a nadie». La mujer insiste, deja caer que aquello le parece una clara cuestión de maltrato animal, pero el joven sonríe y sigue a lo suyo, dando buena cuenta de lo que tiene en el plato.

Algunos amigos le indican: «Ve a ver qué pasa que igual acaba esta mujer llamando a la Guardia Civil por una tontería y como mínimo tenemos montado aquí un tinglado y perdemos tiempo con molestias por nada».

Al final sale el chico, a ver qué pasa. Enseguida capta lo que ocurre. Casi se echa a reír. Le pregunta a la mujer, algo azorado, y ésta le insiste en que aquellos perros están mal allí y dan claras muestras de estar padeciendo. Al final se da cuenta el ganadero de que la mujer no sabe bien de qué va aquello y se lo ha de aclarar para que acabe el absurdo enredo: «Señora, ¿no se da cuenta de que el perro ha enganchado a la perra?... Pues lo normal...» La mujer se queda parada; empieza a entender pero no acaba de verlo. «Que están chingando», concluye el pastor, y la señora, ruborizada, hace mutis por el foro.

Al volver al bar le preguntan los amigos, con sorna: «¿Qué pasaba, con tanto sufrimiento animal?» Y el otro aclaró: «Qué va, si se lo están pasando en grande. Hay que ver, esta gente de la ciudad...» Y siguieron a lo suyo.

Otro día, en el mismo pueblo, otra mujer, vecina de un chalet reciente, fue a indagar de quién eran dos vacas que estaban pastando varios días en un cercado. Iba por lo directo, estaba muy enfadada y convencida de tener plena razón. Quería denunciar al propietario por maltrato animal. Decía saber que aquellas vacas estaban abandonadas, las vigilaba y sabía bien cierto que estaban solas, nadie iba a cuidarlas, ni siquiera a verlas, incluso las dejaban allí por la noche, con el frío que hace.

«Señora -le aclaró un vecino autóctono-, no se alarme ni vea lo que no es, que esto es así, normal del todo».