Las Provincias

EL PUERTO DE 1967

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

Ahora que el asunto de la estiba es objeto de un debate a cara o cruz, ahora que el Puerto de Valencia se juega el liderazgo frente al de Algeciras pese a que mueve más de cuatro millones de contenedores al año... permítanme presumir de viejo y anotar en confidencia que hace casi medio siglo fui uno de los primeros en hablar de 'containers', cuando la palabra aún se escribía en inglés; y en informar que el año anterior se habían movido en Valencia «unos dos mil quinientos» de entrada, más otros tantos de salida.

Con emoción he de reconocer que he tenido mucha suerte; que cuando era un pipiolo que empezaba a escribir en estas páginas fui tropezando con hombres y mujeres que lo sabían todo, que se partían la cara por Valencia, y que eran extremadamente generosos a la hora de compartir conocimientos. Así me ocurrió, por ejemplo, en el Puerto de Valencia, al que fui presentado, por así decirlo, en abril de 1968, de la mano del director de la Junta de Obras, el ingeniero José Luis Vilar Hueso. Con él entendí la importancia estratégica del puerto para la economía valenciana; juntos, explicamos a los lectores qué cosa era un 'container', dimos fotografías de los primeros ejemplares y transmitimos la impresión de que las cosas estaban cambiando. Hasta el punto de que Valencia no sería nada especial en el futuro si no contaba con unos muelles modernos y bien comunicados por carretera y ferrocarril.

El ingeniero Vilar Hueso era un hombre tan sincero como abierto. Así es que a las primeras de cambio aceptó que Valencia era el puerto más cercano a Madrid pero «no es el puerto de Madrid». Esperanzado, informó que una dársena que movía 3'3 millones de toneladas al año era una herramienta útil pero necesitada de adaptación. «Es una camisa que le va bien a la región; pero hay que aumentarle su tamaño pensando en el futuro». De ahí que se estuviera preparando una ampliación, la primera seria después de la guerra, con la que la zona abrigada pasaría a ser de 400 hectáreas: 600 millones de pesetas de inversión darían paso al nuevo muelle del Sur, de 14 metros de calado.

En 1968, la cabria flotante que ahora es un adorno en la dársena vieja, todavía funcionaba, con una tarifa de 2.000 pesetas la hora; era la mayor de las 43 grúas que trabajaban cada día. Doce de ellas acababan de incorporarse a las tareas de unos muelles, decididamente importadores, donde la partida mayor de exportación era la de «frutas, hortalizas y legumbres, sobre todo cebollas», porque la naranja había elegido, para viajar, el sistema ferroviario. En tiempos donde aún no se hablaba de 'transparencia' por decreto, el ingeniero Vilar Hueso desveló, para un serial que ocupó una página durante cuatro días consecutivos, hasta los más mínimos detalles. Un dato que ahora no se maneja se puso a disposición de los lectores: la estiba, en el año 1967, representaba el 54 % por ciento de los costes de utilización de nuestro puerto; el resto se distribuía entre embarque, grúas y almacenamiento.

Vilar Hueso admitió que Valencia debería luchar por el turismo de cruceros, que se miraba entonces en el espejo de la Costa del Sol. La cifra de 545 viajeros que Valencia recibía al año era a todas luces insuficiente. «Y que conste que el 'Cristóforo Colombo' cabría en puerto sin problema», dijo el ingeniero, mencionando al buque que entonces, con 216 metros de eslora, lo que ahora supera cualquiera, era la estrella mundial de la navegación de pasajeros.

Y es que, inconformista, el director del Puerto de Valencia pensaba ya en la siguiente y necesaria ampliación de la 'camisa' portuaria. La inversión estaba prevista para los años setenta, cuando se terminara de construir el nuevo cauce del río Turia; una obra que, por aquel entonces, visitaban los valencianos incrédulos los domingos, en autobuses fletados por el Ayuntamiento.