Las Provincias

NUESTRO PUERTO A FINES DEL XIX

LA VALENCIA DE HACE UN SIGLO

Nuestro puerto, hace cincuenta o sesenta años (a finales del siglo XIX en el momento de escribirlo el autor), era muy distinto de lo que es hoy. De muy reducidas dimensiones, carecía de toda clase de comodidades para las operaciones de tráfico. Formábanlo una dársena, la actual interior, con dos transversales y dos malecones: el Club Náutico y el de Levante, de unos mil metros de longitud en línea recta y unos trescientos metros de latitud, formando un ángulo más al norte (dique de Llovera), y que se hizo para facilitar la entrada al puerto con temporales de Levante.

Hemos nombrado el dique de Llovera. Este nombre era muy popular entonces, a pesar de que quien lo llevaba era un cartujo que en tierras extranjeras dedicábase exclusivamente a la austera vida de los religiosos cartujanos. Pero es que este monje había sido en el mundo piloto, y a su talento y experiencia se debió la construcción del citado dique, el cual rectificó la entrada en nuestro puerto.

El día 3 de marzo de 1965 ocurrió en las inmediaciones de nuestro puerto una de esas catástrofes de las que se guarda triste recuerdo muchos años. En un fortísimo temporal de Levante, cuatro fragatas, por no poder tomar el puerto, se perdieron en la playa, pereciendo sesenta de sus tripulantes. Aquello produjo, a la vez que dolorosísima impresión, violenta protesta, y uno de los que tomaron la voz, ante la magnitud de lo ocurrido, fue el piloto Juan Llovera, indignado por el erróneo trazado del puerto, e inició una vigorosa campaña contra los directores ingenieros de las obras.

En 1886 aprobábanse los proyectos del mencionado piloto, construyéndose el dique de Levante que lleva el nombre de Llovera, a pesar de que él propuso que se le pusiera de la Providencia.

Volviendo a nuestro tema, diremos que los malecones y el puerto eran de piedra de las canteras del Puig, arrojada como rompeolas, y la carga y descarga de mercancías se hacía por unos muelles de madera hechos con estacas clavadas en el fondo y con los puntales en los extremos de dichos muelles, con los que se depositaban en gabarras las mercancías, que luego se llevaban al costado de los buques. Esos muelles, llamados 'caballetes', se erguían frente a la estación del ferrocarril de Campo, en cuyos alrededores hallábanse los baños flotantes de La Florida y La Estrella. Dos dragas, 'España' y 'Valencia', pasábanse los días, los meses y los años sacando la arena que la corriente del Turia arrastraba constantemente e iba reduciendo el canal de entrada del puerto, de muy poca anchura.

Hubo épocas en las que, donde está el Club Náutico (Redolí), a más de cincuenta metros de la orilla, podíase llegar andando sobre el fondo con el agua a los hombros. No había entonces tinglados ni nada que se le pareciera. La mercancía que se acumulaba en los muelles se tapaba con toldos, cuando no quedaba en descubierto. Los consignatarios, en casetas de madera, realizaban todas las operaciones de embarque sin vanidad alguna. sobre la puerta, a lo sumo, veíase en letras bien visibles el nombre del consignatario. Tampoco habían surgido todos los conflictos obreros que vinieron luego, ni se regateaban horas de trabajo ni se hablaba de sociedades; unas fraternales relaciones unían a patronos y obreros; había entre todos ellos un contacto familiar que endulzaba las contrariedades de la vida y la hacían mucho más amable que en tiempos posteriores.