Las Provincias

Pura normalidad

Tendría que ser normal, pero no lo es. Alega Rajoy «pura normalidad» cuando se le pregunta por su citación como testigo en el caso Gürtel. En efecto, que un ciudadano acuda al juzgado cuando se le requiere para que cuente lo que sabe de un caso delictivo no solo es normal sino deseable. De hecho, resultaría extraño lo contrario e incluso sería motivo de requerimiento por la fuerza del interesado. Así pues no hay nada de extraño, a priori, en la inclusión de su nombre entre los testigos. Ahora bien, en la declaración de Rajoy hay dos planos que se superponen y cuya confusión aprovecha el presidente del PP para rebajar la carga de profundidad que tiene su presencia ante el juez. Uno es su condición de ciudadano y otro, su cargo de presidente del Gobierno y responsable del PP.

En el primero, es normal, como se ha dicho, que los ciudadanos colaboremos con la Justicia y le ayudemos a dilucidar la realidad. En el segundo, es normal que la máxima autoridad del poder ejecutivo obedezca al judicial -y no como ocurre en Cataluña- pero lo extraño es que su partido se vea abocado a un precipicio de corruptelas sin que sus cabezas lo supieran, sin que hayan actuado con suficiente contundencia, salvo imperativo electoral, y sin que se vea un cambio notable en su actitud. El caso más claro es Valencia, donde las disputas internas pronostican una década ominosa a juzgar por la incapacidad para arrasar Sodoma y Gomorra y empezar de cero. Es cierto que si se hace eso, se corre el riesgo de extirpar a personas serias, trabajadoras, honestas y comprometidas con el partido y la sociedad valenciana que llevan años colaborando en un proyecto necesario pero carcomido por el gusano de la podredumbre. Éstas no tienen la culpa de haber estado entre manzanas podridas pero es el sacrificio último que se les debe pedir por el bien del partido y de los valencianos. Ahora o nunca, podríamos decir, aunque es demasiado apocalíptico. Mejor, quizás, ahora o dentro de diez años, porque, de no hacer la renovación urgente que están pidiendo los valencianos, pueden enfrentarse a muchos años de desierto. No deberían confiarlo todo a una inexistente o, cuanto menos, sectaria gestión del gobierno actual. Una vez probado el sillón resulta muy difícil dejarlo aunque haya que pactar con el demonio, con Montiel, Meco y hasta el zombi del Senado. El PP no puede presentarse, ni en la Comunidad Valenciana ni en el resto del país, como un queso gruyere infestado de corrupción. Ni eso, ni que continúen votándole a pesar de todo lo que vamos conociendo e intuyendo, es normal. Cuando la pensión está llena de termitas, no puede seguir acogiendo huéspedes. Hay que vaciarla, fumigarla y remozarla. De lo contrario, el parche será provisional y dará margen a la oposición para fortalecerse, nutrirse de su crítica constante y mantenernos a todos en la rueda del hámster, corriendo una y otra vez sin lograr avanzar.

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