Las Provincias

Nueva corrupción

La percepción de la corrupción depende de muchos factores pero llega un punto en que hay tanta información sobre ella que se produce un fenómeno de saturación y de confusión sobre su verdadera dimensión. Habrá algunos que magnificarán el problema incluso más allá de su terrible realidad y caerán después en una especie de melancolía derrotista, y habrá otros que le querrán quitar importancia con comparaciones sesgadas y justificaciones inverosímiles. Esa saturación es la causa de que las críticas a los partidos ya no tengan efecto pues como se suele decir ya está todo amortizado. Al final cada cual se hace una composición del asunto y saca sus propias conclusiones.

Los matices, como casi siempre, permiten avanzar en el análisis. Por ejemplo, no es exactamente la misma esa corrupción que nació del desbarajuste político y social previo a la crisis de aquella otra que se gestó ya en plena recesión cuando millones de personas sufrían en sus carnes el derrumbe económico. Las dos son igualmente reprobables pero la segunda supone una mayor bajeza moral porque se comete mientras muchos ciudadanos lo están pasando especialmente mal. Es por ello que el caso de las tarjetas black de Bankia causó tanta indignación. Tampoco es lo mismo que el corrupto sea un jeta que ve su oportunidad en los alrededores del poder o que se trate de un sujeto instalado en la élite política y económica que, por pura codicia, busca enriquecerse aún más.

Otra cuestión es la distracción que supone la vieja corrupción frente a la que pueda estar gestándose en la actualidad. A la primera hay que perseguirla judicialmente pero ya no tiene solución, mientras la segunda quizás puede evitarse mediante la denuncia y la presión social. Son los nuevos corruptos los que deberían preocuparnos.