Las Provincias

UN MITO SEXUAL

Silvia ha descubierto un pequeño placer personal que ha despertado una fantasía con la que a veces se evade cuando está en alguna reunión aburrida. Todo comienza una tarde que se dirige al colegio de sus hijos a la hora de la recogida y, cuando ya está llegando caminando por la acera, un grupito de chicos que rondará los quince la mira de arriba abajo, dándose entre ellos codazos, y enuncian en voz alta varios 'joder'. Ese día viste vaquero estrecho, botas altas y el pelo suelto y siente bombear por sus venas una excitación que proviene de lo intergeneracional, del macho-hembra-primavera-hormona, que vas más allá de la edad. Recuerda a un ex que le contó que una de las utopías carnales de su adolescencia era la madre de un chico de su clase llamado Jorge. La dama en cuestión, según su memoria, se llamaba Rosa, tenía la piel dorada, llevaba siempre los labios pintados en rojo y una especie de camisas de seda fina que le servían de vestido dejando sus delgadas piernas al aire. Cuando iban a su casa no les ofrecía un bocadillo o un vaso de leche como el resto de madres. Ella, que a veces bebía de una copa de vino y fumaba un pitillo, les sacaba unos helados de la nevera, refrescos de cola o les hacía palomitas. Al que fuera su novio le temblaban las piernas cuando aquella mujer, que a él le parecía una diosa, se acercaba por detrás y le revolvía el pelo mientras le decía al oído «tienes los huesos de un indio». «La deseaba tanto que casi me pongo enfermo. Varias veces pensé en declararme y, en una ocasión, la paré en el pasillo, la cogí de la mano y la miré fijamente. Ella entrecerró los ojos y soltó una carcajada para mí interminable», me dijo. Silvia ahora quiere ser Rosa, convertirse en un mito sexual colegial e inspirar a los chavales en ese tránsito truculento a la adultez cuando la realidad, al fin, se impone.