Las Provincias

La derrota de la política

Justo cuando en el último cuarto de siglo XX se nos aseguraba la primacía de la tecnocracia, y la consolidación inmaculada de las democracias del consenso, por la puerta de atrás y estimulada por la frivolidad, se nos coló la recuperación de la política de los valores, los sentimientos y la proximidad a los colores y banderas del pasado. Cuando uno proclama las imperfecciones como defectos de construcción del edificio, que nadie se extrañe si los ciudadanos optan por aquellos que aseguran una demolición más radical. Las redes sociales y el formato de algunos medios de comunicación han conformado un nuevo paradigma político cuya naturaleza es manufacturar los discursos políticos que quieren ser escuchados. Las elecciones se asemejan a la decisión de echar a este o aquel participante en un concurso de supervivencia o un certamen de elección de virtudes de canto, y todos los medios de comunicación, a izquierda y derecha del dial, contribuyen a trivializar problemas complejos con respuestas sencillas de sí o no, de qué le parece a usted, que ninguna persona con lecturas se arriesgaría a responder, porque lo astuto e inteligente es situarse en el lado del 'depende' de tan poco predicamento. El referéndum del Brexit, la elección de Donald Trump, y tantos otros ejemplos, se justifican en el hecho de que han dicho lo que la gente quería escuchar. A buenas horas. Todo, en gran parte, es consecuencia de la tiranía egoísta que hemos puesto en marcha, de tener siempre razón, como consumidores y ciudadanos. Los partidos de fútbol han de ser divertidos. Tenemos que saber si la novela nos gustará antes de comprarla, consultar el Filmaffinity antes de ir al cine, el parte meteorológico antes del puente, y votar aquello que se acomode a nuestro estado de ánimo diario, asegurándonos siempre más derechos, menos deberes y ningún sacrificio. Citaba Michel Maffesoli en su libro 'El tiempo de las tribus' a Paul Valéry: «La política es el arte de impedir a los sentidos ocuparse de sus asuntos». Cada vez más la política, y el debate público se hacen más sentimentales, y las primarias, con su apelación a la proximidad nos acercan hacia un futuro fragmentado, trivial y tribal. En 2017, unas primarias entre Winston Churchill y Chamberlain se saldarían con el mismo error del apaciguamiento. Lo comprobaremos este domingo en la primera vuelta de las presidenciales francesas. Tanta autopsia forense sobre la maldad del sistema representativo se acompaña de una candorosa inocencia sobre los discursos sustitutivos de la nueva política. Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, que consiguieron apenas el 17'9% y el 11'1%, respectivamente, en la primera vuelta de las presidenciales de 2012, frente al 28'6 y el 27'2% de François Hollande y Nicolas Sarkozy, podrían llegar al ballotage de una segunda vuelta terrible, obligados a elegir entre lo malo y lo peor. Habrá que empezar a votar a aquellos políticos que duden, imperfectos, y que se acostumbren a recordarnos aquello que no queremos escuchar.