Las Provincias

La angustia de volar

Hace unos años, volar era, salvo causas de fuerza mayor, una experiencia placentera. Y no me estoy refiriendo a los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, cuando el avión era un medio de transporte reservado para los más pudientes. En las películas de aquellos años podemos ver a los usuarios bien acomodados, caminando tranquilamente desde la sala de embarque hasta la pasarela, como si fueran a coger el autobús. Al llegar a su destino, incluso sus familiares podían acercarse sin problemas a recibirlos a los pies de la escalerilla. No hace falta irse tan lejos: en los años ochenta y noventa todavía existía una comodidad razonable. Era posible cambiar sin dificultad un vuelo por otro, si nos lo permitía el horario y había plazas libres, e incluso de una compañía a otra, generalmente sin dificultades.

Esta reflexión viene a propósito de las imágenes del pasajero David Dao, expulsado de manera violenta hace unos días de un vuelo de United Airlines por 'overbooking': son estremecedoras e indignantes; le vemos forcejear para finalmente verse arrastrado como ganado por agentes de la policía de aviación de Chicago. Este médico de 69 años necesitaba volar para atender a sus pacientes al día siguiente. Entonces se puso en marcha el diabólico mecanismo para 'despejar' plazas cuando la compañía lo precisa, y lo eligió al azar para abandonar el avión tras constatar que no había pasajeros voluntarios para viajar en otro vuelo a cambio de una compensación económica.

No me extraña saber que Dao demandará a la aerolínea al haber sufrido una contusión cerebral, una rotura nasal y la pérdida de dos dientes en el incidente. Volar en la actualidad se ha convertido en una de las caras más brutales del clasismo económico: si vas en los asientos baratos, eres poco más que un número que ocupa un asiento. Todo está sujeto a un precio: el orden de embarque y la rapidez para hacerlo, la posibilidad de elegir el asiento, poder cambiar de vuelo sin penalización, y por supuesto todas las comodidades que se puedan brindar durante el vuelo en restauración.

Varios factores han contribuido a esta degradación: la paranoia de la seguridad provocada por el 11-S, la masificación de este medio de transporte y la adopción de una brutal filosofía mercantilista para maximizar los beneficios. En pocos lugares como en un aeropuerto se te recuerda cuál es tu estatus, y lo que vales para la compañía. Antes llegabas con 30 minutos de antelación para embarcar. El viajero de preferente no era mucho más que el turista. Hoy llegas con un mínimo de 90 minutos, porque no puedes fiarte del tiempo que va a exigir todo el ritual de chequeo y tránsito por pasillos interminables. Se asiste casi a una batalla: pasajeros y auxiliares de vuelo han de esforzarse para salir indemnes de una experiencia muchas veces angustiosa.