Las Provincias

Tortilla de huevo y patata

La última tendencia en los establecimientos de hostelería es informar a los clientes sobre los alérgenos que pueden encontrarse en lo que consuman. Hasta ahí, fenomenal. Hay que prevenir y es indispensable evitar cualquier problema de salud. Por eso es obligado por ley que los que dan de comer a quien se presente de modo anónimo ante ellos informen sobre contenidos que puedan ser problemáticos a quienes sufren alergias diversas, a fin de que eviten consumirlos.

Por ello se ven ahora por bares y restaurantes letreros que avisan a la clientela: «Disponemos de listas de alérgenos», o bien «Pregúntenos por posibles sustancias alérgenas y le informaremos». Muy bien, muy acertado. Imaginamos que debe funcionar más o menos como cuando vas al médico y te pregunta: «¿Es usted alérgico a algún medicamento?», porque es necesario saberlo para orientar la receta que te ha de dar, no sea que te ordene un antibiótico que te vaya a causar una reacción y sea peor el remedio que la enfermedad. En este caso, el alimentario-hostelero, la pregunta de oficio, antes de servir a un comensal, podría ser: «¿Sabe usted si es alérgico al gluten, la lactosa o alguna otra sustancia?», o mejor será que el propio cliente plantee de entrada, por ejemplo: «No puedo tomar nada de marisco y también soy alérgico al tomate», para eludir la mínima presencia de lo que le es dañino. Esa advertencia, repetida en tantas etiquetas, de que un producto «puede contener trazas de cacahuete», no es baladí.

Sin embargo, como ocurre en tantas cosas, de lo necesario se acaba desembocando también en la exageración. En algunos bares ya se avisa, en la lista de posibles alérgenos, que la tortilla de patata lleva «huevo y patata», y que la ensaladilla rusa «contiene verduras». Por si acaso. El agua es sólo agua.

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