Las Provincias

ESTE LOW COST SÍ LES GUSTA

Los responsables políticos del Ayuntamiento y de la Generalitat se han mostrado igual de satisfechos a la hora de hacer balance de las Fallas de 2017, las primeras que se celebran tras la proclamación como Patrimonio de la Humanidad: un gran éxito de público. Lo cual parece incontestable, sin entrar en lo que digan las estadísticas (muchas veces engañosas, como cuando se ofrece la cifra de un millón de visitantes, metiendo en el mismo saco al valenciano de Godella que se sube al metro y se acerca a la capital para ver la mascletà y al japonés que llega en avión, se aloja en un hotel de cinco estrellas y se deja un dineral en comidas y cenas). Ahora bien, ¿es ese indudable éxito de público una buena noticia para las Fallas o, por el contrario, puede esta masificación acabar volviéndose en su contra? La respuesta es igual de evidente: como le ha ocurrido a Venecia, víctima de su éxito turístico, el aluvión de gente puede acabar provocando un efecto indeseado, el de que potenciales turistas dejen de venir por las incomodidades, mientras el número de valencianos que huye durante las fiestas vaya en aumento. Los problemas de seguridad, de higiene y de movilidad en una ciudad de 800.000 habitantes como Valencia durante una fiesta que se celebra en todas sus calles son enormes, no tienen una solución sencilla, no hay una varita mágica para acabar con ellos, pero ante el desafío que plantean la respuesta no puede nunca consistir en no hacer nada y en consentir en que durante cinco días impere la ley de la selva. El PP, durante sus largos años de mandato, no se atrevió a enfrentarse a las comisiones falleras en algunos asuntos -como la invasión de churrerías y puestos de venta de comida en la calle- y no parece que el tripartito municipal vaya a ser quien acabe con algunas tendencias que al final perjudican a la propia fiesta y con ello a la ciudad. Valencia amaneció el domingo oliendo a meado y la suciedad en algunas zonas céntricas -Ruzafa, Ciutat Vella y Ensanche, es decir, lo más visitado- era sencillamente insoportable. El botellón se ha adueñado de la noche y no hay policía local que lo impida, el turismo low cost campa por sus respetos y encuentra en las food trucks su complemento perfecto. Los alojamientos más buscados y cotizados son los apartamentos turísticos. La competencia desleal para restaurantes y hoteles (aunque los hay que cometen abusos de auténtico bochorno, como multiplicar por cinco y seis veces el precio normal de las habitaciones) debería hacer reflexionar a un ayuntamiento que tiene en el IAE de los negocios estables una de sus principales fuentes de financiación. Los mismos que clamaban contra el modelo de turismo low cost en la Comunitat aplauden la llegada masiva de visitantes en Fallas. ¿En qué quedamos?

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