Las Provincias

COMO LOS GRANDES

Al Levante le han pitado cuatro penaltis a favor en los últimos tres partidos. Eso no quiere decir, como proclaman algunos maledicentes, que le regalen puntos o que sea injusta la diferencia abismal en la clasificación respecto al resto de equipos de la categoría. Ningún granota debería consentir que se insinúe siquiera que el ascenso, el récord de puntuación o el pichichi de Roger se deban a favores arbitrales porque, evidentemente, no es cierto. Ninguna difamación proveniente de entornos hostiles podrá empañar la magnífica temporada. Ni los arbitrajes, ni la suerte, ni el escaso juego enturbiarán la imagen de este Levante histórico. Si acaso, podríamos conceder que alguna de las últimas cuatro penas máximas señalizadas (y anotadas) han sido dudosas o que todas han resultado al final decisivas para ganar los partidos. Pero, perdónenme, esta es una de las ventajas de ser un equipo grande de Segunda. El viento sopla a tu favor. Vean si no cómo se manejan el Madrid o el Barça en Liga y Champions, con Ramos con licencia para codear en los córners o Suárez para teatralizar en el área. Pese a todo estarán conmigo en que a estas alturas hablar de los árbitros es una ordinariez. Seamos ordinarios entonces. Se trata de una profesión dura, quizás la más denostada junto con la política, sobre la que cualquier indocumentado se siente legitimado para cuestionar su labor o incluso insultarle. Dice la leyenda que cuando un chaval entraba en las oficinas del colegio de árbitros con la intención de inscribirse, un empleado le recibía como en la película 'Los sospechosos de siempre', espetándole un sonoro «cierra la puerta, maldito hijo de la gran puta». Si el aspirante a árbitro se molestaba o le replicaba enfadado, el mismo oficinista le recomendaba que no siguiera adelante por falta de tragaderas. «Esto no es lo tuyo, chaval», le reconvenía conciliador. Aunque en el arbitraje, como en todos lados, hay de todo. Porque una cosa es que te piten un penalti dudoso o que existan fallos puntuales por muy clamorosos que resulten, y otra muy diferente que el árbitro decida todas las acciones dudosas siempre a favor de uno de los contendientes. Quizás Aytekin, mítico colegiado del Barça-PSG, sea el ejemplo más reciente de esto último. El error es inherente al ser humano. Pero hay días en que hay seres humanos que lo tienen excesivamente inherente. Es inimaginable, por citar otro caso, un juez abandonando su sala del tribunal con una bolsa llena de productos publicitarios de la empresa recién juzgada. Pues en el fútbol sucede. Pero referirse a ello, como saben, es una ordinariez. No se puede decir ni poner en duda nada. Así que no me sean ordinarios, queridos vecinos, y dejen de intentar echar tierra sobre los incuestionables éxitos del futuro rival.

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