Las Provincias

GERENTE

Durante años (intuyo que hasta la conversión del Valencia en Sociedad Anónima Deportiva en 1992) toda persona que se inscribía en el club recibía por correo, junto con una carta de aceptación firmada por el secretario general, un ejemplar de los estatutos por los que se regía la entidad. Era una manera relativamente sencilla de informar a los nuevos socios del funcionamiento de la entidad y, de paso, de recordarles los derechos y obligaciones que contraían al ingresar en el Valencia.

Los primeros estatutos del club, aprobados por el Gobierno Civil de la ciudad en marzo de 1919, fueron redactados por los padres fundadores de la entidad y desplegaban en 23 puntos todos los aspectos esenciales en una entidad deportiva amateur, desde la determinación del objeto social y la estructura del club hasta la localización de la sede (el legendario Bar Torino de la Bajada de San Francisco). Ese texto conformó el primer esqueleto normativo del Valencia y supuso la base para el desarrollo de los posteriores reglamentos de la sociedad. Tengo a la vista un ejemplar de los estatutos aprobados en junta general de socios el 2 de febrero de 1958 (publicados en forma de librito de bolsillo y modificados tres veces hasta 1970), un obsequio de la siempre amable Loles Ruiz, responsable de patrimonio de la Fundación del Valencia CF. Medio siglo después de la redacción de su primer reglamento, el club había crecido lo suficiente como para multiplicar por cuatro el articulado original e incluir toda clase de supuestos, entre ellos el destino de los documentos y trofeos de la entidad ante una posible disolución de la sociedad.

En la versión del reglamento que consulto llama la atención la aparición por primera vez de la figura del gerente, separada de los directivos e ideada para suplir las carencias del secretario general. Sobre el papel las atribuciones de la gerencia se limitaban al plano administrativo y la dirección de personal. No obstante, este cargo, creado expresamente para ser desempeñado por Vicente Peris, iba más allá de lo meramente técnico. De hecho, dirigía en la práctica la sociedad. Tras la trágica muerte de Peris -y después de un período de interinaje solventado con personal de la casa- el Valencia incorporó a José María Zárraga, exjugador del Real Madrid y gerente del Málaga. Posteriormente se sucedieron en el puesto Salvador Gomar, José Luis Molina y Manuel Llorente hasta que una nueva reestructuración en el club, ya SAD, traspasó las competencias a la figura administrativa del director general.

En los últimos días se ha hecho pública la posibilidad de que Mateo Alemany, expresidente del Mallorca, sea contratado para desempeñar el cargo de CEO del Valencia. O, lo que es lo mismo (descartando el neologismo que desecha la RAE) la gerencia de la entidad. Me parece un paso acertado por dos cuestiones: en primer lugar, porque si hay algo que el actual Valencia evidencia es la necesidad de contar con un ejecutivo que, más allá de figuras decorativas, racionalice la gestión, defina el rumbo que ha de seguir el club y actúe de manera firme en representación del club ante las instituciones; en segundo, por las características y el currículo de Mateo Alemany. Las reticencias ante su falta de conexión con el universo valencianista son lógicas, aunque eso no tiene por qué ser malo. De los precedentes sin pedigrí valencianista uno, Zárraga, salió bien a medias. El otro es nada menos que don Luis Colina.

Con todo, la posible llegada de Alemany al Valencia no ha de ser vista, desde dentro ni desde fuera del club, como la solución instantánea a todos los males de la entidad. Habría de suponer un primer paso en la reconstrucción, con buenos mimbres, del Valencia. Una reconstrucción en la que, insisto, ha de jugar también un papel fundamental una figura histórica de la relevancia, la inteligencia y la capacidad de Fernando Gómez. Así, conjugando profesionalidad, sensatez e identidad, se puede comenzar a imaginar el futuro con un contenido optimismo.

«Alemany será bueno para el Valencia», me comenta el jueves, nada más conocerse los contactos con el mallorquín, mi ilustre (e ilustrado) vecino de asiento en el AVE que me lleva, en visita relámpago, a Madrid. «Siempre y cuando, claro, demuestre no ser un hombre de paja de Meriton». Esa, al final, me parece la lectura definitiva ante los cambios que se avecinan.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate