Las Provincias

ESTO NO SON LAS FALLAS QUE QUIERO

Hasta doce puestos contaron la noche del sábado en la calle Marqués de Sotelo. Ni uno ni dos, sino una docena de paradas donde chisporroteaba a gusto la fritanga de embutido y panceta, pasándose por el arco del triunfo el bando municipal. «La zona de cocina y manipulación de alimentos deberá estar aislada del exterior para evitar posibles contaminaciones a través de insectos y partículas de polvo», dice la norma, a la que se le ha hecho poco caso en ese caso.

Mira que lo intentó el Ayuntamiento con las 'food trucks', las furgonetas tan vistosas que han inundado la ciudad surgiendo como champiñones en lugares insospechados como la plaza del Arzobispado. Para mí que el concejal Fuset tendrá que darle una vuelta a la baja al tope de los cinco puestos de alimentación y bebidas, porque la impresión es que ha habido muchas más.

Pero al final se ha impuesto la lógica del millón de personas añadidas (que no será esa la cifra ni de casualidad pero queda muy bien) para que se imponga lo cutre, el tocino con pan envuelto en una servilleta de papel a dos metros de unos contenedores ahítos de basura recalentada.

Ante esa situación poco o nada puede hacer el Consistorio salvo intentar el próximo año evitar los macrobotellones, los puestos piratas de comida, las verbenas a deshora y con los decibelios por encima de cualquier nivel razonable, además de impedir por ejemplo la colocación de un enorme puesto de comida rápida (e indigesta, añado) pegado a las 'covetes' de la iglesia de los Santos Juanes, esas que están protegidas en un documento municipal pero que la realidad arruina sin remedio. O sea, que puede hacer mucho si quiere.

Reconozco que llevo a cuestas el hartazgo de jornadas inacabables de faena y enseño el colmillo en demasía, pero no me quito de la cabeza el botellón que se ha organizado varias noches en la Gran Vía Marqués del Turia. La imagen de decenas de personas, adolescentes en su mayoría, orinando junto a los puestos de libros cerrados, cuando no en las mismas persianas, tiene algo de escatológico y al mismo tiempo crítica al fracaso del sistema educativo. Está claro que las dos cosas no caben en el mismo espacio, es una cuestión de física.

El próximo año toca la cremà en lunes, o sea que estaremos igual, hablando del millón de visitantes. Lo de la fritanga me temo que también, además de aglomeraciones sin sentido en una ciudad que quiere ser moderna. Por mucho que se esfuerce el concejal de Desarrollo Urbano, Vicent Sarrià, el túnel de Germanías seguirá el mismo sitio porque las siguientes fases del Parque Central están más o menos en el mismo nivel que las 'covetes' de los Santos Juanes, es decir, en el mundo de los deseos. Por eso veremos de nuevo una marea humana pasar por el estrecho pasaje, aunque a ver si hay suerte y por lo menos le han dado una pasada de pintura a la pared.

Decía ayer el alcalde Joan Ribó que se bebe demasiado en Fallas. Coincido, aunque eso sucede en parte porque lo permite la ordenanza, pese a la oposición en su día de la Federación de Vecinos. Si se colocaran dos camiones en un extremo de Marqués del Turia para ir tirando todo el alcohol decomisado a menores, seguramente varios de ellos no acabarían en urgencias por intoxicaciones etílicas. Sus estómagos y sus padres lo agradecerían.

Cuando se habla de estos temas, enseguida surgen las comparaciones con otras fiestas. En efecto, en los Sanfermines se beben todo lo que huele a alcohol, por no hablar de lo que pasa en algunas playas por Halloween. Pero esta ciudad vende a los turistas un espectacular arte en cada cruce en forma de falla, música y gastronomía. Nada de ríos de orines, comida grasienta sin garantías sanitarias ni montones de basura cuando avanza la madrugada y sigue la fiesta.

Hoy se conocerán los datos de la limpieza de la ciudad. Será como una crónica de guerra, con todo lo que ha hecho el ejército de barrenderos, camiones de basura y cubas de baldeo. Pero lo que no pueden transmitir son los malos olores que se han sufrido durante días en algunos barrios.

Recuerdo que una vez pregunté por el vaciado de las papeleras en los aledaños de la mascletà. Hasta 35 veces al día se hace, me contestaron. Comprendí entonces que llega un momento en que no se puede hacer más, que toca revisar el modelo turístico y de Fallas o seguir aguantando el olor a aceite y las montañas de basura. Es hora de elegir.