Las Provincias

Un escritor con iniciativa irá a la cárcel

La Audiencia Nacional (AN) lo ha encontrado culpable de tres delitos: fraude tributario, asociación ilícita y falsedad continuada tanto en documento público como mercantil. Pero ello no quita para que, a diferencia de la práctica totalidad de los delincuentes de guante blanco, el abogado Ramón Cerdá sea todo un personaje. El mejor de cuantos él mismo ha creado en su fecunda carrera literaria. Porque Cerdá es, por encima de todo, escritor; no en vano es autor de una veintena de novelas, una quincena de cuentos, un manual de iniciación a la escritura y un desahogo contra el fisco, «Hacienda (no) somos todos». Y, después, un ingenioso gestor que descubrió la manera de abreviar los trámites que hay que cubrir para escriturar una empresa y se forró.

Corría el dinero fácil y Cerdá entendió que si constituía sociedades sin capital, actividad, patrimonio o domicilio, lo que los anglosajones denominan empresas de estantería, y las traspasaba en 24 horas se las quitarían de las manos. Y acertó de lleno. No ha quedado muy claro si son 10.000, 8.000 o bastantes menos los cascarones societarios que ha puesto en circulación, porque nunca ha sido muy preciso con las cifras. Pero lo que sí que es evidente es que triunfó a lo grande. Su nombre aparece en 3.400 sociedades inscritas en el Registro Mercantil. Que varias de ellas figuren también en no pocos sumarios judiciales es lo que yo no me atrevo a repudiar. Sea porque me maravilla que montara una churrería tan grande sin salir de Ontinyent o porque me enternece pensar el tormento que debe suponer para un novelista vocacional como él perder el tiempo en legajos, creo que no exagera demasiado la nota cuando lamenta el uso que terceros puedan haber hecho de sus productos. Convertirte, sin comerlo ni beberlo, en el común denominador accidental de Noos, Gürtel, Marsans, Taula, Pasarela, Gowex, etc. no debe ser un plato de gusto. Otra cosa es que escamoteara personalmente los 3,2 millones que le imputa la AN y que poblara determinados consejos de administración de nombres inexistentes. Pero que haya llenado otros muchos de testaferros no puede representar un baldón, ya que más administradores de pega hay en las sociedades de inversión de capital variable, las famosas SICAV, y nadie cuestiona su legalidad. Y si es por deriva que tomaron algunas de sus creaciones, a mi no se me olvidará lo que le contestó el entonces director de la Agencia Efe Miguel Á. Aguilar al colega de una radio valenciana que se le quejó, bien es verdad que machaconamente, de que prestara servicio a emisoras ilegales: «No le pregunta el gasolinero al automovilista cuyo depósito debe llenar si con ese combustible va a visitar a su anciana madre o a cometer un atraco, ¿y se lo tengo que preguntar yo a los abonados de la agencia?» Pedirle un nivel de exigencia más estricto a Cerdá que una empresa pública, como Efe, sería injusto.

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