Las Provincias

SENTIRSE UNA FAMILIA

El reconocimiento de Rafael Bau García c como presidente del Valencia Club de Fútbol tiene una intrahistoria curiosa. José Ricardo March, que cada lunes narra en LAS PROVINCIAS desde su silla de enea, vivió un fin de año trepidante. Vio la luz su libro '25 historias historias del Valencia CF que quizá no conozcas' (Llibres de la Drassana), una obra cargada de relatos sobre el club de Mestalla ajenos a la mayoría del gran público. Además, su esposa dio a luz al heredero, a un militante más del club de Mestalla, a un niño al que seguro su padre ya le cuenta los cuentos de Miquel Nadal, de ese magnífico libro que es 'Soñar goles. Fútbol (y cuentos) de padres a hijos' (Llibres de la Drassana).

Entre libro y niño, un día recibí la llamada de March para regalarme dos historias, de esas que exigen su tiempo para ser contadas y que exigen una lectura con pausa. Admiro el entusiasmo con el que defiende sus ideas, con la pasión que habla de su Valencia, la pulcritud de cada uno de sus renglones, la esperanza de que sus horas de biblioteca y hemeroteca cumplan el objetivo marcado. «Héctor, hay dos personas que presidieron el Valencia y que no están reconocidos. Uno es Rafael Bau García y el otro Alfredo Giménez Buesa. Quiero contar sus historias, son personajes fundamentales en el relato del club», me pidió José Ricardo March al otro lado de la línea telefónica. «Adelante», le dije. Todo lo que parte de la pluma de este periodista-escritor-maestro siempre parte desde la casilla del rigor.

La historia se publicó: «Rafael Bau, un mandato de 47 días». Poco después, llegó un correo electrónico a la dirección de deportes. Era el nieto de Rafael Bau, ávido por conocer los detalles de la historia de su abuelo. El periódico fue el nexo de unión entre el contador de la historia y el eslabón familiar. Historias que sirven para reconciliarse con este oficio.

Resulta extraño como una labor que corresponde al club, que debe emanar de aquellos que quieren ser justos con la historia y que tienen la obligación de ordenar los recuerdos, los que se conocen y los que están ocultos, emana de una investigación por iniciativa propia, donde el tiempo se dedica a dar sentido a una pasión y donde las horas obtienen el fruto regalado a una entidad que tan sólo tiene que rubricar y dar oficialidad a aquello que les han servido en bandeja sin pedir nada a cambio. Tan sólo la satisfacción personal de que las horas dedicadas han servido para algo. Ayer no vi a nadie de Meriton acercarse al palco VIP Mestalla a empaparse no de tiempos de gloria, que sí que lo fueron, sino a entender que aquel Valencia, el del 42, ganó una Liga porque todos sus miembros se sentían parte de una misma familia.

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