Las Provincias

Agujeros negros

En el día de ayer dos noticias figuraban entre las más vistas por los lectores de este periódico en la web. La primera de ellas relataba un acto de generosidad instintiva: un conductor de un microbús que llevaba por una carretera sevillana a ocho menores a sus casas se sintió súbitamente indispuesto, y en pocos segundos comprendió que estaba a punto de sufrir un infarto. Avisó al monitor para que se hiciera cargo del volante, mientras él desfallecía para morir.

Justo debajo de la noticia anterior teníamos otra de signo opuesto. El pasado domingo por la noche, enfrente de la puerta del Ayuntamiento, un energúmeno daba patadas a la cabeza de una mujer tendida en el suelo. Dos testigos intervinieron y retuvieron al agresor hasta que la Policía Local se hizo cargo de la situación. No obstante, la imagen del tipo de Barcelona que prepara la grabación de una brutal patada por detrás a una mujer que está parada en la calle tranquilamente -y no se lo espera en absoluto- es mi 'favorita' de los últimos tiempos para retratar la imbecilidad moral, el agujero negro del cerebro evolucionado del homo sapiens.

Es un agujero negro porque sabemos que, por diversas razones, algunos individuos llegan a su edad adulta sin el desarrollo emocional y moral adecuado, pero no hemos sido capaces de desarrollar unos medios óptimos para combatir tanta precariedad existencial, ni hay unanimidad acerca de la necesidad de considerarla la mayor enfermedad o condición aberrante de la humanidad. Si definimos una enfermedad social como un proceso que deteriora la calidad de la vida y daña a la vida de los demás por contagio o por los efectos dañinos que produce, entonces no cabe duda de que es una auténtica patología, con la salvedad de que se expande por imitación y aliento entre amigos y por los medios.

La conducta moral no precisa ser heroica. El conductor del autobús no fue un héroe, sino un hombre de bien: dedicó los últimos instantes de su existencia a proteger a los niños, porque él sabía que aquella era su obligación. Hizo un supremo esfuerzo por detener la destrucción previsible de un autobús descontrolado. En cambio, el imbécil moral tiende a esforzarse en sentido contrario, creando dolor e indignación en situaciones donde todo hubiera ido bien sin su intervención. El intento malvado requiere el esfuerzo de romper la paz, de obtener el festín para el ego mediante la humillación del otro. La suprema responsabilidad de los líderes es dar ejemplo de cuál ha de ser el horizonte moral de sus ciudadanos. Un 'rearme moral' es una necesidad en este siglo apenas iniciado; en cambio, muchos se esfuerzan por volver a las cavernas, despreciando tantas experiencias y lecciones extraordinarias aprendidas con sangre en el pasado. ¿Por qué no somos capaces de avanzar poderosamente sobre todo este legado? Piensen, por favor, piensen.