Las Provincias

VALENCIA Y LA NORMALIDAD

El debate sobre València (o Valéncia), en valenciano, y Valencia, en castellano, era bastante sencillo y se hubiera acabado rápidamente con un equipo municipal de Gobierno que apostara por la concordia, no por la imposición ideológica de un nacionalismo trasnochado, sectario, excluyente, aldeano y de muy corto recorrido entre los valencianos. Se podía, simplemente, haber apostado por la doble denominación, en las dos lenguas cooficiales que establece el Estatuto de autonomía, el valenciano y el castellano, de tal forma que cada cual eligiera la que prefiera, la que normalmente utilice, la que más le guste o la que menos le incomode. A eso se le llama libertad, tolerancia, respeto, garantizar los derechos de todos, ganas sinceras de unir en lugar de disgregar. Pero no es eso lo que ha hecho el ayuntamiento liderado por Joan Ribó, que sólo ha dejado una denominación, en valenciano, València, con acento abierto, siguiendo las recomendaciones de la Acadèmia Valenciana de la Llengua y despreciando el parecer de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana y de Lo Rat Penat, partidarios de la forma con acento cerrado, Valéncia. Y no lo ha hecho así porque una vez más ha actuado con la ideología como ariete en lugar de hacer uso de la sensatez, del sentido común, del trellat. Poniendo además de manifiesto -por si quedaba alguna duda- su profundo desconocimiento de la realidad de la ciudad de Valencia, de lo que es su sociedad, de cómo se manejan sus vecinos, de sus usos y costumbres, de sus sentimientos. El valenciano, en Valencia ciudad, no es la lengua predominante, como sí lo es en comarcas y poblaciones de la Comunitat. La imposición del nombre de la ciudad por decreto es una exhibición de ese nacionalismo a martillazos que es el único que parece capaz de aplicar Compromís, burdo, sin matices, de brocha gorda. La decisión tiene los días contados, los que tarde la derecha o la izquierda no secuestrada por el nacionalismo en recuperar la Alcaldía y en intentar gobernar para la mayoría, no sólo para los militantes más radicales. Dicen los promotores de esta nueva alcaldada que no se puede discriminar a los valencianohablantes y que esta medida hay que verla como algo normal dentro de la política de recuperación de «la nostra llengua». Pero para no discriminar a unos, se discrimina a los otros, para proteger una lengua propia, el valenciano, se desprotege a otra lengua propia, el castellano (¿Blasco Ibáñez es menos valenciano por escribir en castellano?), para favorecer una denominación (València), se arrincona otra histórica. El error, en definitiva, es mayúsculo y la procedencia del mismo es más que evidente: no actuar pensando en el bien de la mayoría, en la normalidad, en el sentido común, sino poniendo la ideología por delante.

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