Las Provincias

Microrracismos

Entra en un supermercado armado, habla en euskera y pone en jaque a toda la seguridad de la zona porque dicen que ha dicho «Alá es grande». Ocurrió en Orense y, por un rato, el mundo entero pensó que España estaba sufriendo un ataque terrorista. Cosas de no saber más euskera que 'lehendakari', 'etzaintza' y 'txacolí'. Lo de Valencia es mucho peor. Un ciudadano indio se hace fotos en el metro para inmortalizar su visita a la capital del Turia y, como lleva una mochila, alguien llama al 112 y se activa el protocolo del nivel 4 de alarma antiterrorista. Al parecer en su petate llevaba clínex, caramelos de limón y postales de la Plaza Redonda, todo peligrosísimo y de lo más sospechoso. La explicación nos parece razonable porque llevaba mochila y se hacía selfies. Dicho así podríamos estar parando el metro varias veces cada día. Exactamente cada vez que entran o salen del instituto o la universidad los estudiantes valencianos. Pocos son los que no llevan mochila y no se hacen selfies poniendo morritos o 'colegueando' con los amigos. ¿Dónde está la diferencia? En que era indio. Tan sencillo como eso. Sé que suena duro pero, al parecer, ésa era la clave. Se justificarán el que llamó a emergencias, la policía y los vigilantes de seguridad del metro diciendo que más vale prevenir. Sin duda. A todos nos interesa que cualquier amago de atentado sea neutralizado, si es posible, en el momento de su ideación incluso, no ya cuando se va a materializar. Ahora bien, lo grave no es una alerta injustificada. Lo realmente preocupante es que a un ciudadano libre, que visita nuestra ciudad y que no tiene un comportamiento sospechoso ni inquietante, se le moleste por su aspecto. Eso es para hacérnoslo mirar.

Es una presencia de pequeños gestos de racismo o de discriminación a los que debiéramos estar más atentos. Si en relación a la mujer hablamos de 'micromachismos' en la vida cotidiana, en este caso habría que decir que se trata de 'microrracismos'. Son esos que apenas se perciben si no tenemos la piel acostumbrada pero que hacen la vida terriblemente incómoda para miles de personas en nuestro entorno y que generan un caldo de cultivo que, convenientemente regado, puede favorecer el crecimiento de la planta de la xenofobia y la exclusión. Se ve en ese mal gesto hacia un ecuatoriano o un marroquí que residen, trabajan y pagan sus impuestos en Valencia. Un gesto por parte de un funcionario, una auxiliar en el centro de salud o un cajero de supermercado. El que no tienen hacia una feliz valenciana con cara de sentarle de lujo los moños de fallera y acento del interior. Son pequeñas actitudes que se encuentran a años luz del daño hacia un inmigrante pero que evidencian el rechazo: por hablar una lengua extraña, por ser 'morenito', por llevar cubierta la cabeza o por dejarse una barba larga sin pretensiones de ser hipster. No es psicosis. Es una semilla que requiere extirpación.