Las Provincias

EL MAPA

Si un intrépido reportero saliese a la calle esgrimiendo su micrófono y preguntase allende las fronteras de nuestro terruño a la buena gente (ah, la gente) por el epicentro del formidable cogollo de la corrupción, posiblemente nueve de cada diez encuestados responderían contundentes y sin dudar que «en Valencia».

Pero una cosa es la percepción y otra la cruda realidad. Un buen amigo mío, gordo jugoso, sólo descubre su obesidad cuando los pantalones gimen ante esa cintura suya que continúa prosperando rebelde. «Yo siempre creo que estoy fuerte, pero luego resulta que estoy muy gordo», se lamenta como si fuese Obelix. Me sucede lo mismo con otro matiz: yo jamás creo que mi testa muestra una calva, sino que me afeito la cabeza una vez a la semana por razones estéticas. Sin embargo, luego me veo en las fotos y me llevo una tremenda sorpresa al percibir sin remedio que estoy calvo. «Anda, si estoy calvo», me digo atacado por el asombro. La percepción y la realidad rara vez coinciden y la primera se disuelve cuando se imponen los datos, los hechos, los números. Acaban de presentar el mapa de la corrupción española y nuestra Comunitat ocupa la octava posición. Lideran la lista Cataluña, Andalucía y Madrid. Pero incluso nos vencen en las zonas de las mangurrinadas Canarias, Cantabria (ay Revilla, con la de capones justicieros que nos ha propinado), Baleares y Asturias. Así queda el mapa. ¿Cambiará esto la percepción de buena parte de los españoles hacia nuestra Comunitat. Ni de coña. El dato no interesa porque les viene de maravilla que nosotros seamos los que nos comemos el marrón. Nosotros recibimos los golpes como Perico Fernández ante Muangsurin mientras ellos se colocan de perfil y silban para disimular. Demasiado tarde para que se imponga la realidad. Somos y seremos los malos de la película.

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