Las Provincias

Cruzada contra el azúcar

Lo llegan a llamar «el veneno blanco». El azúcar, sobre todo el refinado, el distinguidamente blanco, resulta que es malísimo para la salud. Se veía venir, nos lo iban diciendo poco a poco. Que si no era bueno para los dientes, que si estaban subiendo los índices de población con problemas de diabetes... Pero lo de ahora ya es una explosión que ha estallado casi de golpe. Todos los poderes públicos, médicos, sociales y familiares se han confabulado para mostrarnos lo odioso que debemos ver esos granos blancos que endulzan pero que a la vez, según nos dicen por todas partes, causan un catálogo infinito de males.

Caray, parece mentira que lo que en su día fue tenido por alimento de primera necesidad, materia prima que nuestras abuelas guardaban por si acaso en las alacenas, por si se repetían épocas de hambre o escasez, es hoy objeto de demonización social. Lo que ha cambiado. Un producto que movió imperios y conquistas; que fue motivo de distinción social, cuando llegar a comerse un dulce ya curaba el tedio de una tarde ociosa de domingo. Y ahora, mira, tan canalla, que provoca dolencias de todo tipo y anda enmascarado en tantas cosas, sin que nos demos cuenta de que nos vamos perjudicando conforme nos endulzamos, que ya es paradoja seria.

Tan perverso es visto ahora el azúcar que hasta se arbitran impuestos especiales para animarnos a rechazarlo por la vía de su encarecimiento sistemático. Quién lo iba a decir, cuando gobiernos hubo en tiempos pasados que animaron la progresión de ingenios que procuraran azúcar para la población escasamente alimentada y deseosa de probarlo, cuanto apenas. Tiempos históricos en los que era normal que se impusieran tasas a la sal, y no por razones de salud, sino porque era mercancía en la que se podía basar fácilmente la razón de recaudar. No como ahora, claro, que lo del impuesto al azúcar sólo es para combatir la obesidad o las enfermedades degenerativas.

Al igual que se extendieron sanas dietas y costumbres de comer sin sal, o con muy poca sal, cundirá el hábito de hacerlo sin azúcar. El médico que nos decía «no tome nada de sal» nos dirá también «evite del todo el azúcar». Un problema para tantas industrias y comercios, porque se ha desatado una auténtica cruzada contra el azúcar. Tanto que pronto irás a ponerte algo para mitigar el sabor amargo del café, o del té, o del humilde poleo, que es más sano, y notarás las miradas que te recriminan tu actitud. «Mira ese -dirán, o pensarás que piensan-, cómo se va matando poco a poco; al menos lo hiciera por la vía rápida y ahorraría dudas y gasto sanitario». Por ahí vamos. «No querrá azúcar, ¿verdad?», te espetará el camarero del bar. No, claro, no vaya a ser. Y te sacarás un poquito de la manga, a escondidas, como harían con el alcohol durante la 'ley seca'.

Son síntomas de opulencia. En Níger o en el Chad no temen al azúcar. Quizá ocurra que, sin él, sonreiremos algo menos por aquí.

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