Las Provincias

SHERLOCK

No sé qué tienen las series de televisión, pero lo adictivas que a veces llegan a ser puede afectar a la vida personal de una manera muy dramática. Una vida normal, cotidiana hasta el último punto, no tiene comparación con esa vida llena de sobresaltos, dramas y equívocos maravillosos que se suceden una y otra vez en los episodios de una serie. Y bien sabido es que las comparaciones son odiosas. Por muy costumbristas que sean, las historias que se cuentan en este tipo de producciones tienen un aire mágico que es incapaz de suceder en la vida real, a veces para estirar como un chicle una serie que ya no da más de sí. Pero un giro dramático es una de esas cosas que tanto espero que me pasen cualquier día para animar un poco el cotarro, por ejemplo. Tampoco pido aplausos de fondo o risas enlatadas cuando entro por la puerta de la oficina cada mañana con una sonrisa congelada. Al final, ver series en las que un par de chicas armadas con un palo y chistes malos dan patadas a unos demonios del inframundo en su día a día de veinteañeras (que, por lo demás, es más normal que el mío) me deja con ganas de un poco más de acción en mi vida. Ahora que la serie 'Sherlock' ha regresado a nuestras pantallas, este sentimiento ha vuelto a renacer en mí, mientras observo la televisión escondida detrás de una manta de punto. Demasiados giros sacados de la manga y tramas sorpresas pueden llegar a saturar y llegar a un punto de incredulidad que haga suspirar a más de uno, desanimado ante una expectativa diferente tras años de espera entre temporada y temporada. Sería, eso sí, un enorme aliciente a mi vida diaria si sucediera en la realidad. No sé si al final el truco para ser feliz con lo que tengo va a ser dejar de ver series. Eso o contratar a Benedict Cumberbatch.

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