Las Provincias

Lladró

Salvo error u omisión, en todas las temporadas de Los Soprano solo había detectado una referencia europea, Universidad de Barcelona, cuando Meadow Soprano amenaza con irse a estudiar a Europa. Pero revisando la serie me acuerdo que existe otra. El episodio es memorable. Anthony Jr. y su novia se están abrazando en el salón cuando llega de improviso la madre, y le advierte que tenga cuidado con la figura de Lladró, en la mesilla contigua. El cuidado, orgulloso, tiene que ver con el precio de la escultura, tres mil dólares, y eso sirve al hijo a considerarse un privilegiado, cuando poco después comprueba que la abrazada y besada, su novia, es de una familia inmensamente rica, con obras de Picasso en la mansión. La comparación le sirve a Anthony Jr. para considerarse ridículo por el supuesto orgullo de clase media enriquecida, a partir de la diferencia entre el Lladró y el Picasso, y entre la distancia entre la cultura de una familia sin clase, y la cultura patricia, auténtica y que aquí haría las delicias de los que convirtieron el nombre de Lladró en un estigma asociado al kitsch. Durante un tiempo la galería de los horrores del canon progresista sobre la cultura se edificaba sobre la alergia a Blasco Ibáñez, la aversión a Sorolla, la música de pasodobles, y las figuras de Lladró. No soy sospechoso de reivindicar la calidad artística ni mis posesiones en figuritas. No tengo ninguna, y tampoco he hecho nada por tenerlas. Pero mi percepción subjetiva sobre la cultura no implica la burla sobre la percepción subjetiva de los demás. Gran parte del prestigio cultural se ha edificado en ocasiones no con un impulso positivo y abstracto, sino con el deseo de diferenciarse y fustigar la cultura de los demás. De repente el episodio me devuelve con toda claridad que la marca Lladró era y es una marca consolidada y conocida, capaz de representar una manera de entender el gusto y la decoración, y que esa marca nombrada en una serie americana tenía un valor, y hasta cierto punto, podíamos decir que era nuestra. Desde el desconocimiento del proceso de venta, y de las peripecias familiares, no soy tan atrevido como para situar la venta, en el mismo rango que la pérdida del Banco de Valencia, las Cajas de Ahorro, o el propio Valencia C.F., pero no me cabe duda que existe un mundo pasado en el que no cuidamos conforme se debía el valor y el prestigio de nuestras marcas, de aquello que servía para que al nombrarlo, se identificara el nombre de Valencia. Una manera de emprender singular y nuestra que eran los muebles de Martínez Medina, Casa Gil, Lanas Aragón-Hogar Complet, y que hoy son reliquias. Me da que ahora al nombrar Lladró desplegaremos otra manera de asentar la cultura. Algunos se empeñaron en hablar de figuritas, cuando lo que se debatía era el prestigio de una marca valenciana.

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