Las Provincias

Lecciones de la justicia

Esta semana ha pasado un grupo de escolares por la Ciudad de la Justicia de Valencia, donde han aprendido los fundamentos del sistema y otras lecciones provechosas acerca de ciertos delitos habituales que les afectan, como el acoso escolar o la violencia de género. Estas visitas gozan de gran éxito, y muchos colegios están esperando su turno. Es una buena iniciativa, no cabe duda, porque en general los españoles consideran que los tribunales son imparciales, pero también ineficaces, por la lentitud y desorganización que caracteriza su funcionamiento. No obstante, más allá de estos datos, que se repiten cada vez que se sondea a la opinión pública, quisiera ir un poco más allá y reflexionar sobre algunas cosas importantes que los escolares deberían también aprender.

Por ejemplo, que la justicia es muy necesaria para que una sociedad no se encanalle con las vendettas o surja el caos ante el dominio de los poderosos o la acción del malvado, pero que está lejos de poder satisfacer el sufrimiento de una víctima, aunque cuente con los mejores medios disponibles. Tanto el delincuente (si es condenado) como la víctima penan el delito. Para un observador todavía no endurecido, pasar una mañana en la Ciudad de la Justicia es una lección de ansiedad, tristeza, dolor y resignación. No es un problema de las instalaciones, sino de la condición humana.

Deberíamos aprender a huir de la justicia como criterio de salud mental. Todo lo que hagamos en la vida para intentar hacer las cosas de modo que no sea necesaria su intervención devengará en beneficios para la convivencia, porque significará que tenemos recursos como personas para no llegar al punto de acudir al conflicto civil o penal. Naturalmente hay veces que somos víctimas de maquinaciones o de actos viles y no tenemos más remedio que solicitar su protección, pero tal y como sucede ante el ingreso en el hospital, siempre corremos el riesgo de regresar a nuestra vida diaria con algunas secuelas.

Sin embargo, la vida civil se judicializa cada vez más, reflejando con ello el fracaso de las instituciones y mecanismos de convivencia, que deberían haber prevenido o resuelto el conflicto dentro de su propio hábitat. El acoso escolar es un buen ejemplo; las disputas por la guarda y custodia de los hijos, otro (por no hablar de la política). No confiamos en la justicia, pero la invocamos mucho.

La existencia de la Ley es vital, sin ella la civilización no hubiera florecido. Todos los que la sirven con rigor y entrega merecen nuestro cálido agradecimiento. Pero su misma necesidad invoca la pregunta de qué tipo de sociedad y persona queremos ser. Con la excepción de los que tienen la vocación jurídica o forense, la lección más importante que puede aprender un escolar después de visitar la Ciudad de la Justicia es que, en lo que de él dependa, no ha de regresar jamás.