Las Provincias

Experimento social

En ese afán por convertirnos en lo que no somos, los profetas que nos dicen cómo hemos de vivir no tienen límites. La corrección política y los partidarios de la felicidad universal están preocupados por nuestras costumbres y pretenden cambiarnos los horarios, decirnos cuándo debemos comer, si es conveniente dormir la siesta, a qué hora tendríamos que salir del trabajo, qué días podemos ir de fiesta, cómo deben organizarse las familias y hasta cuánto tiempo estamos obligados a dormir. Son aquellos que admiran el paraíso nórdico, el nuevo papanatismo aderezado con una obsesión fanática por entrometerse en la libertad de los demás. Son los mismos que establecen códigos obligatorios en las relaciones de pareja y que defienden el igualitarismo absoluto, y sin matices, de todos los ciudadanos.

Como sociedad tenemos grandes defectos pero también atesoramos cierta idiosincrasia natural. El día que comamos comida basura, huyamos de la calle como espacio público y nos vayamos a la cama a las nueve de la noche, quizás seamos muy civilizados según los ingenieros sociales pero seremos otra cosa distinta y quizás no mejor que la anterior. Nos ocurre a veces que cuando recorremos el camino que otros ya han hecho, estos últimos ya van camino de vuelta al comprobar que esa forma de organizar la sociedad no era una panacea. Recientemente el cineasta Erik Gandini ha reflejado en su documental 'La teoría sueca del amor' un panorama cuando menos inquietante. La mitad de la población sueca vive sola, las mujeres son grandes clientas de los bancos de esperma y un alto porcentaje de cadáveres no es reclamado por nadie. Independencia total, aburrimiento creciente y epidemia de soledad. Ni somos los mejores ni un desastre, pero convertirnos en un experimento acomplejado de lo que deberíamos ser es lo peor.