Las Provincias

La democracia a través de las redes sociales

Posverdad fue la palabra del año 2016 para el Diccionario Oxford. Este adjetivo califica situaciones en las que los hechos objetivos influyen menos que las emociones o las creencias personales en la conformación de la opinión pública. Los sentimientos condicionaron en mayor medida que los datos los resultados del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE y las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Las campañas de ambas convocatorias estuvieron protagonizadas por falsedades o, en el mejor de los casos, un tratamiento igual de la mentira y la verdad. No solo las redes sociales, sino también algunos medios convencionales, incluida la BBC, en lugar de verificar hechos y dar difusión solo a datos ciertos, optaron por desempeñar un rol de árbitro, equilibrando la cobertura de informaciones y desinformaciones.

Las sociedades y la política posverdad son muy anteriores a la aparición de Internet y su uso con fines políticos. La novedad de 2016 fue que las redes sociales demostraron una enorme capacidad para dar difusión a noticias falsas. Ante ello, los comunicadores sociales deben evitar la tentación de convertirse en cronistas de la posverdad. Sin verificación de hechos y construcción de relatos colectivos, desde diversas posiciones ideológicas, pero a partir de informaciones ciertas, no hay periodismo, ni conversación pública, ni democracia.

Hasta la fecha, los analistas ciberescépticos e incluso ciberpesimistas han demostrado tener más criterio que los ciberoptimistas. La evidencia empírica indica que puede ser más fácil hablar en el ciberespacio que a través de los medios de comunicación convencionales; pero, la clave es que ser escuchado sigue resultando igual o más complejo. Muchas voces continúan fuera del espacio público también en la Red. Ésta se emplea sobre todo con propósitos lúdicos y comerciales, lo que coadyuva al proceso de banalización de la política o a la política espectáculo. Las TICs son solo una herramienta más de conversación, no preferentemente política, y de entretenimiento. Como mucho, pueden facilitar la movilización de personas ya políticamente activas. Incluso, Internet puede estar ampliando la brecha entre los grupos más y menos participativos. Partiendo de la idea de slacktivism, movilización de baja intensidad o perezosa, Luis Arroyo habla de 'sofactivismo': la participación en los asuntos públicos en línea, frente a la(s) pantalla(s), sin levantarse de la silla o del sofá.

Por supuesto, la revolución no será tuiteada (Gladwell, The New Yorker, 2010). El cambio social no se consigue sin estrategia, jerarquía, riesgo de los promotores, conceptos ajenos a muchos cibernautas. La actividad en redes sociales responde a acontecimientos antes contados por los medios de comunicación tradicionales, que tienen mucha mayor capacidad para la construcción y difusión de relatos colectivos. En el caso de la primavera árabe, este papel creativo fue desempeñado por cadenas como Al-Jazeera, mientras que las redes únicamente respondieron a lo acontecido, nutridas en buena parte por comentarios de usuarios que, desde otras regiones, seguían la actualidad de estos países con fines informativos y analíticos. Del mismo modo, Wikileaks tuvo éxito cuando puso los cables secretos a disposición de cinco grandes cabeceras internacionales.

En definitiva, se ha caído en la tecnoutopía de siempre. Internet y las redes sociales no nos convertirán en ciudadanos más participativos y amantes de la verdad. Pero, al menos, dos grandes riesgos de la política con TICs deben ser controlados. El cibernauta puede estar leyendo, además de falsedades, solo informaciones sobre un número limitado de temas que le apetecen o entretienen más. Se encuentra solo, ajeno al relato que tradicionalmente podría proporcionarle su periódico de referencia en su edición en papel, con una definición de los asuntos políticos prioritarios, fruto, entre otros factores, de la experiencia de su equipo humano. Incorporar herramientas informáticas y personas para detectar y controlar desinformaciones en línea, como acaban de anunciar Facebook y Google, es una buena noticia. No obstante, lo principal es proteger el perfil del comunicador social, profesional llamado a verificar y contrastar hechos y opiniones así como a construir relatos. Si éste se debilita, resulta más complicado el seguimiento de la agenda pública y el control democrático de los representantes políticos. Finalmente, el principal riesgo del abuso de las redes sociales y, en general, de Internet es el proceso de hiperindividualización por el que el usuario deja de percibirse como miembro de la comunidad para convertirse en punto de referencia casi único. Se trata de individuos que, como señala Byung-Chul Han, viven en un enjambre, aislados, carentes de un nosotros capaz de andar en una dirección o emprender una acción política común ('En el enjambre', Herder Editorial, 2014). Si se quiere evitar que la ola de este cambio cultural se lleve por delante todo lo que no se conjuga en primera persona de singular, es preciso que los educadores de nativos digitales y en general su entorno más inmediato reaccionen.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate