Las Provincias

Opiniones que aportan

Todo el mundo tiene un culo, y una herida de guerra, y una canción de cabecera, y un amor platónico. Y una opinión. Algunos incluso la escribimos de vez en cuando. Igual que otros enseñan el culo o sus heridas de guerra, tararean su canción de cabecera o hablan de sus amores. Respecto a las opiniones las habrá mejores o peores -como culos, heridas o canciones- pero a cada cual le gusta, le interesa o le convence una. Vete tú a saber las razones. Sobre gustos hay mucho escrito, contradiciendo lo que nos inculcó el refrán. Las opiniones hay que saber tomarlas para que no le corten a uno la digestión, por lo que conviene elegir aquellas que contengan los ingredientes más aconsejables para nuestro aparato digestivo, escoger la hora del día en que se consumen y sobre todo valorar quién nos las sirve. Esto es fundamental. Al fin y al cabo lo que inquieta al hombre, decía el filósofo griego Epicteto, no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas.

La opinión, no obstante, está sobrevalorada, porque todo el mundo tiene una, a veces hasta dos y la van cambiando según las circunstancias. Por eso debemos ser conscientes de cuáles nos interesan, cuáles atendemos como merecen y cuáles directamente arrojamos a la basura sin pesar ninguno. Con ello no estoy opinando aquí que las únicas opiniones que nos deben motivar son las que se parecen a las nuestras o las que ratifican nuestras decisiones. Nada me espanta más que la tendencia actual de escuchar, leer y degustar sólo aquello que nos sirven los medios o personas acordes a nuestra ideología y rechazar todo lo que venga de quien piensa diferente o no comulga con nuestro criterio. A lo que me refiero es que es relevante conocer de dónde parten. Si quien la expresa sabe de lo que habla, si es consciente de tus circunstancias, si puede esconder algún interés, si suele ser derrotista o excesivamente optimista, si te ha demostrado intenciones respetables. Porque las opiniones no son excepciones, y también se pueden corromper y adulterar en ocasiones.

De entre todas las opiniones yo suelo quedarme con las que vienen de los más cercanos, aunque principalmente las que realmente busco (a veces con miedo) son las que me aportan. Si a Kerouac la única gente que le interesaba era la que está loca, a mí la única gente que me interesa es la que me aporta. La que me cuenta historias que no conozco, la que me lleva a mundos que no necesitan pasaporte para entrar, la que es capaz de abrirme los ojos, la que no tiene temor por enfrentarme a la verdad, la que está dispuesta a echarme una mano y a cogerla para acariciármela, la que se pierde y se confunde contigo, la que no juzga, la que está dispuesta a salirse de los parámetros del conformismo, la que no es perfecta ni aspira a serlo. Porque esa es la gente a la que merece la pena aferrarse y cuyas opiniones van a ser una ayuda. Y no una enorme losa.

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