Las Provincias

VÁLVULAS

Quizá el tipo que marcó a los de mi generación fue el amigo Félix Rodríguez de la Fuente. El lobo, la nutria, aquella anaconda que casi le muerde el careto cuando la sacaba del lodazal y, sobre todo, aquellos buenos salvajes viviendo a su aire nudista en los rincones recónditos de la selva amazónica. Ah, 'El hombre y la tierra', qué sería de nosotros sin ese flipante bagaje...

Y recuerdo que en uno de esos episodios con indígenas felices montaron una cuchipanda, una especie de sarao, donde los nativos celebraban el encuentro con el hombre blanco ingiriendo por la nariz un polvo blanco que habían extraído de varias plantas. Se ponían cieguísimos, los tíos, y, en consecuencia, hablaban con los dioses y mutaban (en su pensamiento) en jaguares fieros. Mientras contemplaba ese interesante episodio entendí que el ser humano, en ocasiones, necesita lirirli, lolailo, desfogarse, agarrar una tajada, una curda, un pedal glorioso y cebollino. En todas las culturas, ya sea con hidromiel, setas alucinógenas, cazalla o metanfetamina elaborada por el químico Walter White, el hombre, de vez en cuando, precisa una dosis de paraíso artificial para escapar de la cruda realidad. A lo mejor por ese motivo las autoridades nos reprimen ese lado de canalla inocente y por eso muestran sañudo empeño en gravar nuestras humildes válvulas de escape. Ya lo intuíamos y ahora lo corroboramos: el tabaco y el alcohol sufrirán un subidón impositivo para que nuestro amado gobierno recaude pasta extra. Para algunos, el tabaco y alcohol, son esos compañeros silenciosos que nos tonifican el alma con su dulce veneno. Sin su presencia la vida se nos tornaría morosa, insulsa, impertinente, torva. Seguiremos fumando y bebiendo porque somos indígenas de vicio doméstico, y el gobierno engordará sus arcas a nuestra costa. Qué cabrones.