Las Provincias

MONEY, MONEY, MONEY

No hay nada mejor que el tiempo para dibujar los trazos de la realidad de un club que lleva años jugando a querer ser un nuevo rico. Desde antes de la llegada de Peter Lim al Valencia, el dinero fue el compás de la partitura de una entidad que aspiraba a instalarse de manera perenne en la Liga de Campeones y que ahora trata de agarrarse a un salvavidas para flotar lejos de los puestos de descenso. La vida ha atropellado al Valencia. En la víspera de la Navidad de 2013, antes de que el equipo saliera goleado por el Real Madrid en Mestalla, el entonces presidente Amadeo Salvo anunció en letras de oro una de las mayores transacciones del fútbol mundial. Y lo hizo en un discurso marcado desde la abundancia, sin reparar en los gastos, excesivo, incluso con una pizca derrochadora porque no se iban a escatimar esfuerzos para que el Valencia levantara incluso una Liga de Campeones para vengar París y Milán. El dinero de Lim iba a servir para que cayeran como un chaparrón los títulos en este nuevo Valencia. Hubo dudas, conjuras y traiciones. Y movimientos subterráneos para que no llegara el mecenas de Singapur. Salvo, cuando el patronato de la Fundación ya había votado por primera vez la venta a Meriton por unanimidad, y las dudas no quedaban sumergidas por la lluvia de millones, pronunció una de sus frases lapidarias: «Dan 100 millones (Meriton) por algo que vale cero y les damos una patada en el culo». Por cierto, un inciso, cuando la presidenta, Layhoon Chan, defienda con vehemencia ante Europa (como así debe de ser) que el Valencia nunca valió cero, que recuerde las palabras de su principal patrocinador al inicio del mes de julio de 2014. A ojos de Bruselas, el expresidente ejecutivo hizo un flaco favor. Una vez remarcado el detalle y recuperando la senda del dinero, ahora el club se ve envuelto en una dinámica de vacas flacas por la ausencia de ingresos. El dueño, que es multimillonario, se ha cansado (por ahora) de ponerlos porque ha visto como los 200 millones que se ha gastado no han dado el fruto esperado. Los patrocinadores internacionales que se iban a pegar por rotular hasta los ribetes de la camiseta siguen sin tocar a la puerta del Valencia. Y la venta de jugadores ha servido para equilibrar un balance que ha perjudicado finalmente al nivel competitivo de una plantilla que se asemeja muy poco a aquel ejército de espartanos que prometieron. El Valencia ha pasado en tres años de la abundancia a unos números rojos coloreados por provisiones de última hora como los interés de 23,3 millones de euros que reclama Bruselas y la multa de 5,3 millones de Hacienda. El mercado de invierno depende de la entrada de dinero. Con aquella banda sonora de Abba: 'Money, money, money'.