Las Provincias

Mitos juveniles

La nostalgia por los mitos juveniles suele durar casi toda la vida, especialmente cuando el presente está lleno de desencanto. Ocurre con un cantante famoso, con una estrella de cine o, como ha sucedido en el caso de Fidel Castro, con un icono revolucionario. La izquierda vapuleada por múltiples decepciones ya solo tiene sus mitos de juventud que van desapareciendo lentamente.

Es duro aceptar que el ídolo juvenil transmutó en un ser decrépito que ha sido olvidado por las masas o en un dictador que reprime a su pueblo y lo mata de hambre. La izquierda más nostálgica y radical está tan alejada de la realidad que únicamente vive de los mitos antiguos. Todo menos aceptar que las revoluciones tienen un significado auténtico cuando son breves y se limitan a luchar contra una situación de injusticia. De lo contrario se convierten en lo mismo, pero del signo opuesto, que querían destruir. Antes el Che Guevara fue transformado en una imagen comercial de camisetas y gorras, un símbolo de protesta para adolescentes y abuelos venerables que añoraban el pasado. Sin embargo hay que reconocerle a la izquierda una gran ventaja, pierden todas las batallas del presente pero tienen patente de corso para llorar a sus dictadores. Las revoluciones son en ocasiones ráfagas de ilusión y verdad que enseguida la condición humana prostituye. Castro hizo lo que tantos otros, pudo ser un ejemplo pero prefirió el poder absoluto y acabar con las libertades de su pueblo. Esos falsos mitos son los que más daño han hecho a la causa que pretendían defender. ¿Quién creerá al siguiente que venga con un ideal nuevo? Pero reconocer que uno se ha equivocado en la elección de sus mitos juveniles supone valentía e inmunizarse contra el dogma. Y eso solo está al alcance de personas inteligentes.