Las Provincias

ILUSTRADOS

Un tatuaje es una expresión de quién eres, un símbolo de personalidad. Al menos en la mayoría de los casos. Desde el que encuentra un enorme significado en pequeños símbolos o dibujos, hasta el que opta por grabarse en la piel una fecha importante o, incluso, el que se tatúa el dibujo de una piña porque simplemente le gustan las piñas. Existen tantos tatuajes posibles como experiencias personales, recuerdos, gustos o personalidades. Lo malo es que hacerse uno es tan adictivo que suele ser difícil parar en el primero y despedirse de la aguja con tinta. Lo bueno es que el precio desorbitado de algunos a veces te hace echar el freno, al menos por una temporada. El tatuaje, el bien hecho, el sentido, el que no está hecho por moda, es una expresión artística de uno mismo, aunque en ocasiones esta expresión personal puede estar penalizada. Quien se hace un tatuaje sigue siendo la misma persona de antes de entrar en el estudio de tatuajes, aunque a algunos (cada vez menos, por suerte) les parezca complicado de entender. Está claro que ya no hay tantos prejuicios como años atrás hacia la gente que tiene su piel ilustrada, pero no es ningún secreto que sigue afectando a la hora de, por ejemplo, obtener un puesto de trabajo. Claro que igual una persona tatuada tampoco quiere estar en un trabajo en el que discriminan por llevar tatuajes. Tampoco son pocas las veces en las que la superioridad moral de algunos llega a ser demasiado grande como para no soltar algunas barbaridades y sinsentidos varios.»¿Te has hecho un tatuaje? Pues es para toda la vida», juzgan algunas personas que, aunque parezca contrario a su lógica, están casadas, con algún hijo o manteniendo una hipoteca. Al parecer, mucha menos responsabilidad que un poco de tinta en la piel, que un cohete en el brazo o que una piña en el hombro.