Las Provincias

DESINFORMADOS

A veces me pregunto si aún existe el beneficio de la duda. Si ya no se cuestiona la validez de nada mientras provenga de la fuente afín, la que es adecuada a nuestra particular manera de ver el mundo y de interpretar los hechos. Opiniones, alegatos y sentencias que los consumidores de información compramos con devoción, como si de adquirir artículos baratos en el 'Black Friday' se tratara. Sin asegurar la lógica de su argumentación. Sin comprobar la calidad ni la profundidad del tejido discursivo. Opinando crítica, a veces ferozmente pero sin informarnos, o informándonos en el mar de la más reciente y creciente desinformación.

Ese es el reto de este siglo nuestro. No dejarnos llevar por una u otra corriente que transforman la narración a su antojo, haciéndola virar - y viral - en función de sus intereses. El fondo de las historias difundidas siempre es el mismo. Dramatismo exacerbado, preferiblemente con toques locales y alguna historia personal emotiva y con el miedo como trasfondo. Torsiones de la palabra en una sociedad en la que los términos se manipulan y cambian su significado transformando feminismo en superioridad femenina cuando realmente expresa igualdad entre hombres y mujeres. O equiparando español a fascista, privándote así de la facultad de amar a tu país con su diversidad, sus diferencias y sus contradicciones. Al final el enfoque sigue fuera, la culpa (que poquito me gusta esa palabra) es siempre de los otros. Aferrados a un sufrimiento, el nuestro, que volcamos sobre los demás y sálvese quien pueda o quien más grite, que su palabra es la que queda.

Si pudiéramos variar el foco y dirigirlo de fuera hacia dentro. Dejar de aplastar a los que no están de acuerdo con nosotros, dejar de creer que tenemos razón en todo y sopesar las opciones antes de tomar partido. Nuestro desafío consiste en dejar de seguir ciegamente a una u otra manada que creen tener perpetuamente la razón y entender que si nos unimos somos más fuertes pero por separado somos más cívicos.