Las Provincias

El conflicto de los vivos

Estos días me ha venido a la cabeza ese libro delicioso, Los muertos y las muertas, tan recomendable, en el que escribía Ramón Gómez de la Serna aquello de que «el morir es un conflicto para los vivos, ninguno para el muerto». Es verdad. La muerte de Rita Barberá presenta un rotundo perfil trágico. Su ascenso, las condiciones en que desempeñó el gobierno, su forma de entender la política y el futuro de su partido, o la despedida, dan para muchos análisis, que continuarán conforme nos alejemos de la tentación de idealizar o demonizar su trayectoria. Su manera de entender y querer a Valencia se acomodó durante un cuarto de siglo a las aspiraciones de la mayoría de la ciudad. Nadie le podrá negar ese amor a la ciudad abstracta, a su Valencia o a la manera en que ella entendía Valencia. Es bien cierto que hay dos Valencias. Hay muchas, pero todas reducidas a un papel secundario, empequeñecido por el protagonismo de las dos Valencias, con el rostro bifronte del dios Jano. La Valencia republicana de Blasco, y la Valencia católica de la Virgen de los Desamparados. La Valencia del traslado y del Corpus, y la Valencia del garrotazo al Rosario de la Aurora. La Valencia de la Derecha Regional Valenciana y la Valencia del PURA. La Valencia clerical y la Valencia librepensadora. La Valencia poco amable con el valenciano, y la Valencia que reclama protagonismo para el idioma. Me interesa el perfil de una ciudad dividida en sus afectos, incapaz de cruzar miradas positivas, mirando cada cual en una dirección opuesta. A veces le he dado vueltas al hecho de que el escudo de la ciudad, con las dos eles, que definen el ser doblemente leal, en la misma dirección, debería modificarse para incorporar dos rostros, dos querubines apropiándose de la L, y cada cual mirando en un sentido opuesto. A los que nos pensamos invisibles y tenemos ese punto antipático, nos eriza la proximidad. Para quien hizo de su proyecto político la cercanía, la abstención de los afectos cediendo el protagonismo al reproche fue letal. Más allá del debate de las presunciones de inocencia, me parece que en la tragedia pudo más el desafecto ordinario, desmentido estos días. Al pie de la colina del Cerámico, el barrio de los alfareros de Atenas, se arrojaba el material defectuoso, que se rompía en trozos cóncavos que recordaban la forma irregular de una concha. La institución del ostracismo viene de ese óstrakon, el trozo de terracota en el que se escribía el nombre de los ciudadanos que eran desterrados, en la ceremonia que se celebraba allí. En el ostracismo no había sentencia judicial. Con las papeletas sustituyendo a la terracota, Rita Barberá leyó las elecciones en clave de ostracismo. Con música y un buen libreto, y desde todos los ángulos, se podría hacer una Ópera recreando el perfil trágico de la política. Seguro que le gustaría.