Las Provincias

LA BLUSA DE MELANIA

Imagínense una caja de explosivos envuelta en un delicioso papel de regalo infantil, de esos que van ilustrados con dibujos de hadas y piratas en tonos pastel. Recreen en su mente una áspera Black and Decker reposando sobre un lecho espumoso de algodón y rodeada de tul y seda. La sensación contradictoria que experimentan es la misma que me invade cuando observo las fotos de Melania Trump durante el discurso que dio en Filadelfia a cuatro días de las elecciones. La ex modelo va cubierta con una camisa de manga al codo en rosa empolvado cerrada hasta el cuello y una implacable falda lápiz en blanco. Dos prendas que abrazan su silueta lo justo para marcar curvas pero sin llegar a ese punto en el que los hombres, que beben cerveza de cara al televisor, digan «joder, joder». El juego mental es más complejo que eso. La ahora Primera Dama entrante lleva la melena suelta con reflejos dorados y ondas trabajadas, maquillaje natural y sonrisa rutilante. Sus manos acarician el atril como dos alicates de terciopelo, su mirada se reparte de manera equilibrada entre la audiencia con barridos de cabeza reposados. La foto publicada en medios de todo el planeta ofrece un curioso juego visual. Las puntas de su cabello reposan justo donde comienzan sus pechos que, pese a lo supuestamente recatado de la prenda, toman el protagonismo indiscutible del momento, delicados pero fieros y (esta duda arrasó como la pólvora en las redes) ¿desprovistos de sujeción?. El corte y el largo de la falda sumado a los afilados tacones le permiten muy pocos movimientos, convirtiéndola a los ojos de la audiencia en una escultural esfinge, glacial y lúbrica, expuesta y a la vez encriptada con un pin imposible de descifrar. Melania concluye, se despide y sonríe, la blusa se marcha con ella, consciente de la ardua responsabilidad que supone contener una bomba.