Las Provincias

SUELDOS BAJOS

Los consellers y el president de la Generalitat cobran poco. Decir esto no es políticamente correcto, nada popular, pero es así. Gestionan departamentos de la Administración que manejan miles de millones de euros al año y de los que dependen miles de funcionarios, de contratos, de obras, de hospitales y colegios, pero sus sueldos no se corresponden con la responsabilidad que desempeñan. Ya lo dije en la legislatura anterior, cuando mandaba el PP, y lo digo exactamente igual ahora, cuando son el PSPV y Compromís los que tienen el poder. Pero éste es uno de tantos asuntos en los que el populismo ha logrado imponer su criterio, marcar la agenda, llevar el debate a su terreno, mientras los partidos tradicionales, avergonzados y timoratos, se plegaban a sus deseos. El discurso de Pablo Iglesias sobre «la casta», que partía de un análisis certero de la situación, derivó sin embargo en una especie de criminalización de toda la clase política, que pasó a ser considerada como sospechosa por los ciudadanos. La presunción de inocencia desapareció para los cargos públicos, que directamente son condenados por la opinión pública cuando su nombre aparece ligado a un caso de corrupción. Resultaba por tanto intolerable que las personas que habían conducido a España al borde del abismo y que estaban salpicadas por todo tipo de delitos cobraran unos salarios altos, muy por encima de la media de los trabajadores, por lo que se implantó la moda de rebajar los remuneraciones que percibían sin que nadie se atreviera a mostrar su disconformidad. Durante la etapa de Fabra, el PSPV criticó que los consellers se subieran mínimamente el sueldo cuando se habían comprometido a rebajárselo si no cumplían con las exigencias de déficit que les marcaba el Gobierno. Ahora son los socialistas los que intentan una mejora salarial que no encuentra la complicidad de ningún grupo en Les Corts. El populismo ha impuesto su ley, nadie quiere tener que asumir ante los votantes el coste de defender que un conseller tiene que cobrar bien, muy bien, que son puestos que deberían estar reservados a profesionales con una alta preparación, que no se debe hacer demagogia con este tema. Pero es tarde, entre el pueblo llano -«la gente» según la terminología podemista- ha calado la visión del político como un aprovechado, un incompetente y un corrupto, que goza de demasiados privilegios como para encima cobrar más que aquellos a los que supuestamente sirve. En el pecado llevan la penitencia, tener que aguantar la carga, la responsabilidad y el estrés de un puesto como el de conseller o el de president sin los emolumentos que en justicia le debería corresponder a una función de dicho nivel. Ahora no vale quejarse.