Las Provincias

Cazadores de mitos empresariales

Carezco de elementos de juicio para valorar el trabajo que realiza habitualmente Jordi Évole porque sólo he visto dos de sus programas, el del accidente de la estación de Jesús y el de Mercadona. Pero sí que puedo decir que ninguno de éstos me gustó. El de la catástrofe de FGV me cabreó en tanto que periodista; el de Mercadona, también.

Uno porque era un refrito de lo que otros habíamos publicado con anterioridad sin más aportación de su parte que un estrambote impropio de un profesional de su nombradía. Una persecución de Juan Cotino por las calles de Valencia al más puro estilo de los tramperos de exclusivas del corazón. Con una sola diferencia: que en lugar de meterle el micrófono en el ojo para obligarle a contestar si iba a reconciliarse con su ex o a reclamar la custodia compartida le preguntaba por una de las pocas cosas presentables que hizo Cotino en su larga carrera política: intentar llegar a un acuerdo extrajudicial con las familias afectadas por el siniestro. Nada que no haga cualquier hijo de vecino guiado por un conocido principio universal: Más vale un mal arreglo que un buen pleito.

Y el del domingo me desagradó porque, como se dice en el argot periodístico, carecía de percha. No había ninguna noticia que justificara el lanzamiento de un cubo de salfumant como ese contra el logotipo de Mercadona. La mayoría de datos estaban traídos por los pelos. Los argumentos que empleó el teledevelador para denigrar la reputación del emporio creado por Juan Roig no podían ser más antiguos, insuficientes para una nómina de 75.000 trabajadores e intercambiables. Tan corrientes que se le podrían atribuir a cualquier otra gran empresa, compita o no con Mercadona en el campo de la distribución. ¿Qué firma de lo que sea no aprieta a sus proveedores, no prefiere entendérselas con sindicatos responsables y no toma medidas para impedir que sus empleados haraganeen? Ninguna, porque la Administración no cuenta.

El periodismo de denuncia cedió entonces el paso al docudrama y, lo que es peor, el asesinato de carácter, si se puede emplear esta figura siendo la víctima una empresa. Un atropello ante el cual era obligado preguntarse aquello de 'cui prodest'. ¿A quién beneficia ensombrecer sin más ni más la imagen de alguien? El derecho romano, Cicerón y Séneca lo tienen clarísimo: el crimen aprovecha a quien lo comete. Y la jugada, desde luego, no les pudo salir más redonda a Évole y a Atresmedia. Captar el interés de un 17'9 % de audiencia con un producto televisivamente barato como éste es un chollo. Que no lo conviertan en el primero de una nueva serie, una versión empresarial de 'Cazadores de mitos' es lo que tendrá que desear la CEOE. El resultado de la prueba piloto -el capítulo contra Inditex fue más taimado- es estimulante. Y la lista de no anunciantes, interminable.